Bienvenido a este blog, dónde podrás descubrir un mundo lleno de personajes que sienten como tú. Comparte conmigo este sueño y ayúdame a alcanzarlo.

Espero que disfrutes leyendo tanto como yo lo hago escribiendo, porque en esta historia también estás tú, que aprendiste a madurar, a conocer, a enamorarte, a elegir, a equivocarte…

Todos vivimos nuestro propio Riverside.

miércoles, 20 de febrero de 2013

CAPÍTULO 15


Como cada jueves, Liliam y yo esperábamos sentadas al señor González para comenzar nuestra clase de castellano. Sin embargo, el ritmo de la última semana había sido tan agotador que ninguna tenía muchas ganas de hablar.

Hacía tres días que Amanda había sacado de la cama a Lil y durante ese tiempo no tuvimos noticias de David. Bueno, al menos eso creía la italiana. Amanda había recogido una carta que habían colado bajo nuestra puerta y que iba dirigida a mí. David me pedía perdón por habernos fallado. Me explicaba que me incluía a mí en sus disculpas porque yo había confiado en él, me repetía que tenía un buen motivo y que iba a solucionarlo todo. Y al final me decía que no le contara nada sobre la carta a Lil, que debía ser él quién arreglara el problema.

Amanda había querido enseñársela a nuestra amiga y después quemarla, pero aunque yo sabía que lo que iba a ser se consideraba traición en el condado de Liliam, me arriesgué y la guardé a conciencia. Lo que más me costó fue convencer a Amanda para que mantuviera la boca cerrada. Menos mal que después de todo, me dio un voto de confianza que yo trasladé a David. Sin embargo, hasta ese momento, aún no había visto movimiento alguno respecto a él.

Le había explicado a Lil el plan que me había propuesto mi vecino para aquel fin de semana y ella se mostró encantada. Estaba segura que salir del Campus y hacer un poco de turismo, le iba a venir genial.
Por supuesto, también le había hablado de mi tarde con Matt, a lo que ella respondió
  • ¿Un tío depresivo? Las hay con suerte. Si te lo trabajas bien, es tuyo.
Su forma de ver las cosas siempre era tan original que a veces prefería no darle mucha importancia.
En aquellos tres días, también me había cruzado tanto con Peter profesor como con Peter amigo. En ambos caso fue mucho menos incómodo de lo que creí que sería. Se portó como siempre, aunque de vez en cuando sus miradas o sus gestos me hacían recordar que lo que me había confesado iba en serio. Pero me volví a sentir tranquila a su lado, porque fuera como fuera, me daba serenidad estar con él.

Curiosamente, después de David, con el que menos había estado era con Matt. Nos habíamos visto por los pasillos, en la biblioteca y en el comedor, pero casi siempre nuestra conversación era apenas un saludo. Ambos estábamos muy liados con nuestros estudios y siempre íbamos con prisas. Aún así, siempre tenía esa sonrisa para mí, ese beso en la mejilla y un mensaje cada tarde para recordarme que ya quedaba menos para ir a casa. Eran tonterías, pero a mí me hacían sentir mejor que nunca.
  • Rach. – la voz de mi amiga llamó mi atención. – Estás pensando en Matt ¿Verdad?
  • ¿Cómo lo sabes?
  • Por la sonrisa tan estúpida que tienes mientras dibujas esa “H” en la contraportada de tu libro.
  • ¿Qué? – miré asombrada el libro. Ni siquiera me había dado cuenta.
  • ¿Cuándo vas a admitir que estás enamorada?
  • Creo que sólo me queda un motivo por el que no hacerlo.
  • ¿Ah sí? ¿Cuál?
  • Haceros rabiar a Amanda y a ti. – me reí.
  • O sea, que lo admites. – me quedé callada. - ¿Lo admites? – sonreí mientras miraba el libro.
  • Te contestaré después de la publicidad.
Me había dado cuenta de que el Señor González había entrado por la puerta y decidí hacer sufrir más aún a Liliam, que emitió un pequeño gruñido y se volvió hacía nuestro profesor.
La clase fue amena e intensa, exactamente como todas las de castellano a lo largo del curso. El Señor González lograba que nos cundiera la hora con facilidad.

Poco antes de terminar la clase, un chico varias sillas más a mi derecha, me lanzó una bola de papel. Al mirarle con curiosidad, señaló hacia la puerta. Allí estaba David, medio escondido entre la pequeña abertura que había dejado el último alumno al entrar. Lo miré con sorpresa y se puso un dedo cruzándose los labios. Miré a Lil, que estaba increíblemente concentrada en las explicaciones de nuestro profesor y volví a mirar a David. Ya no estaba. Agité la cabeza con incredulidad y noté como mi móvil me vibraba en el bolsillo justo en el momento en que sonó el timbre de fin de clase.

“EN LOS BAÑOS EN UN MIN. DAVID”. En cuanto lo leí me lo volví a guardar rápidamente, salí de clase con mi amiga y me disculpé para ir al baño. Le pedí que no me esperara y que fuera a encontrarse con Amanda en el comedor.

No me sorprendió que David no estuviera allí. Resoplé irritada justo cuando alguien me agarró por el brazo y tiró de mí hacia la esquina de otro pasillo. Era él y por su actitud parecía un fugitivo perseguido por la ley. No hacía más que mirar a un lado y otro para asegurarse, quizás, de que Liliam no me seguía.
  • ¿Dónde está? – preguntó con inquietud.
  • Se ha ido al comedor, así que relájate y dime qué es lo que quieres, porque como me encuentre hablando contigo me va a matar.
  • ¿Aún sigue enfadada? – asentí. - ¿Mucho?
  • ¿Por qué motivo iba a dejar de estarlo? ¿Acaso te has disculpado?
  • No. Pero pensé que si dejaba pasar unos días, el calentón del momento desaparecería y me sería más fácil hablar con ella. – me reí a carcajadas. – ¿De qué te ríes?
  • De lo poco que la conoces. Cada minuto que pasa es peor para ti. No quiere verte, ni siquiera quiere que te mencionemos. Es más, si se entera de que he guardado tu carta, dejara de hablarme a mí también.
  • ¿Por qué lo haces? – le miré con los ojos entrecerrados. - ¿Por qué sigues confiando en mí?
  • No tengo ni idea. – le aseguré. – Pero ya me estoy cansando.
  • Lo siento. – dijo sinceramente arrepentido. – Se que la cagué pero voy a arreglarlo, te lo prometo.
  • Pues hazlo ya o te vas a quedar sin posibilidades.
  • ¿Cuántas crees que tengo ahora?
  • ¿Posibilidades? – él asintió. – Un… 1% más o menos.
  • ¡Qué ánimos me das!
  • Estoy siendo sincera. – me encogí de hombros. – Y cuánto más tardes en disculparte peor.
  • De acuerdo, lo haré pronto.
  • Eso espero. – miré mi reloj. – Tengo que irme, David.
  • Dave, llámame Dave. Así me llaman mis amigos.
  • Pelota. – le dije mientras me disponía a marcharme.
  • Ya lo sé. – sonrió de medio lado y de repente pareció acordarse de algo. – Espera un momento, Rach.
  • ¿Qué ocurre ahora?
  • Sólo una pequeña recompensa por los servicios prestados: He hablado con Matt y habla muy bien de ti. – Me guiñó un ojo y se dio la vuelta para irse.
  • ¿Y qué diablos quieres decir con eso?
Se encogió de hombros. Ya estaba de espaldas y se alejaba, alzó su mano y se despidió con ella mientras desaparecía por la otra esquina del pasillo. David y sus misterios...

Era evidente, cuando me acomodé con la bandeja llena de comida en la mesa de mis dos amigas, que no podría compartir con ellas lo que me acababa de ocurrir. Al menos mientras Lil estuviera presente.

Después de bromear sobre el excesivo tiempo que yo había estado en el baño, Amanda nos contó con amargura que se había encontrado con Eric, la había parado y le había preguntado por cómo le iban las cosas, con un cinismo difícil de comprender.
Su comida apenas la tocó, pero esta vez no dije nada, su desafortunado encuentro con el imbécil de su ex, le quitaba las ganas de comer a cualquiera.
  • Me acordé de los guantes y me dieron ganas de darle una patada en la entrepierna. – reconoció mi compañera.
  • Posiblemente te hubieses sentido mejor. – respondió Liliam
  • No. Estoy segura de que no. Lo único que me haría sentirme mejor es olvidarle y olvidar todo lo que hemos vivido juntos. Total, ahora me parece pura mentira.
  • Eso no es cierto. – le dije con dulzura. – Aunque parezca increíble, la gente cambia. Pero lo bueno que vivisteis juntos no tienes por qué olvidarlo. Quédate con eso y pasa página de lo demás. Si vuelves a encontrártelo, muestra la misma indiferencia que él.
  • Si fuera tan fácil… - suspiró. - Quitando la parte de mí que quería matarle, que es la mayoría, aún había algo dentro de mi pecho gritándome que me estrechara en sus brazos y que olvidara todo lo demás. – negó con la cabeza. – Es de locos.
  • Para nada, es normal. – le aseguré. – Son demasiadas experiencias juntos, demasiados sentimientos. Y sólo hace una semana. Lo superarás.
  • El problema es ese, a veces pienso que no quiero superarlo. Siento que lo único que necesito es que él vuelva a confiar en mí y seguir dónde lo dejamos. Aunque sepa que eso es imposible. – apartó su bandeja y se echó sobre la mesa con la cabeza entre sus brazos.
  • Tienes que tener paciencia. – le pedí acercando mi mano y acariciando su oscura melena.
  • Amanda, sé que hay algo que puede animarte. – mi compañera sacó la cabeza de su refugio y miró a Lil con ojos brillosos.
  • ¿El qué?
  • Rach ha estado a punto de admitir que está enamorada de Matt. – Miré a Liliam con ojos asesinos y la descubrí sonriendo con malicia.
  • ¿Es cierto eso, Rach? – La mirada de mi compañera estaba llena de curiosidad.
  • Bueno… – me sentí algo intimidada por ambas. – Está bien, sí, lo reconozco. Estoy enamorada de Matt.
  • Ya era hora. – dijo Amanda mientras Liliam aplaudía. - ¿Y qué te ha hecho aceptarlo por fin?
  • El abrazo que me dio. Bueno, en realidad, lo que sentí cuando me lo dio. Fue impresionante, no quiero imaginar que hubiese pasado si es un beso.
  • Pues que hubieras tenido que recoger las bragas del suelo.
  • ¡Liliam! – gritamos Amanda y yo a la vez.
  • Pero que puritanos sois todos en este país. – se quejó indignada.
Por la tarde, cuando ya prácticamente había oscurecido, iba dirección a la residencia con la única compañía de un par de libros. Amanda se había quedado un rato más en la biblioteca. Sospechaba que era su manera de evadirse de la realidad. Liliam, por su parte, se había ido hacía un rato alegando estar agotada.

El Campus a esas horas me parecía de lo más romántico. Las farolas ya se habían encendido y aunque aún quedaba un poco de luz natural, la Universidad empezaba a resplandecer en la oscuridad. Las parejas se regalaban besos y abrazos sentados en algún banco o resguardados tras los árboles, buscando más intimidad. Los solitarios como yo, disfrutábamos del silencio y la tranquilidad del lugar. Cerré los ojos y respiré hondo. Cuando los abrí, ahogué un grito al encontrar a Peter frente a mí.
  • Lo siento, no pretendía asustarte. – dijo colocándome una mano en el hombro.
  • No pasa nada, no te preocupes. – solté el aire. – No te esperaba.
  • Yo tampoco te esperaba por aquí. – miró mis libros y los señaló. - ¿Vienes de hincar codos? – asentí. – Buena chica. – sonrió.
  • Es lo que me queda. Aunque no me lo imaginaba tan duro.
  • Bueno, a lo mejor yo puedo hacer algo.
  • ¿Vas a darme las preguntas del examen? – bromeé.
  • Qué más quisieras. – se rió. – Lo siento. Pero lo único que iba a proponerte es ir a cenar este fin de semana.
  • ¿A cenar? – Aquello sonaba tan formal.
  • Sí, a cenar. Tampoco es algo para echarse a temblar.
  • Lo siento. Es que… sigue sorprendiéndome.
  • Lo sé. – me puso un mechón detrás de la oreja. – Entonces ¿Qué me dices?
  • Que te lo agradezco pero no puedo. – ladeó la cabeza. – Este fin de semana me voy a casa a ver a mis padres. Voy a quedarme en el Campus por Navidad y me gustaría desearles buenas fiestas en persona.
  • Eso es una buena excusa. Te la acepto. – me mostró sus hoyitos. – Pero dime que después de Navidad vendrás a cenar conmigo. – me quedé pensativa. – Vamos, haz que Santa Claus me traiga ese regalo.
  • Está bien. – acepté sin estar del todo convencida. – Pero que no sea nada formal. No es una cita.
  • Qué chica más dura. – dijo mirando al cielo.
  • ¿Trato hecho? – le pregunté ofreciéndole mi mano.
  • Trato hecho.
En vez de estrechar mi mano para sellar el trato, se acercó a mí y besó mi mejilla. Me quedé rígida y él se dio cuenta. Sonrió ampliamente.
  • Nos vemos pronto, Rach.
Su despedida casi fue un susurró en mi oído. Oí como sus pasos se alejaban tras de mí. Lo que Peter me hacía sentir, era muy distinto en proporción a lo que sentía por Matt, pero aún así, poco a poco sentía más cosas por él. Cosas que me negaba a mí misma pero que estaban ahí. Y a veces las odiaba por estar.
  • Tengo que decir que eso ha sido realmente raro. – reconocí su voz al instante y me giré odiando aún más esas cosas que sentía por Peter.
  • Tienen su explicación, Matt. – le miré casi con remordimiento.
  • No tienes por qué dármela pero… la verdad es que me intriga.
  • Quizás alucines tanto como yo.
Le conté, con varios saltos en la historia, las continuas declaraciones de Peter hacia mí, mientras me acompañaba hasta la residencia. Pude disfrutar con claridad de sus bonitos ojos, porque no dejaba de abrirlos más y más. Tenía los labios en una fina línea y la frente se le arrugaba por momentos.
  • Una historia para contar a tus nietos. – me dijo en los escalones de la residencia, cuando terminé de explicárselo todo
  • Ya ves.
  • Pero ¿Te gusta? – no sabía bien que contestarle.
  • Algo. – fui sincera y me pareció ver que él apretaba la mandíbula. – Pero no lo suficiente para meterme en semejante berenjenal.
  • Desde luego entrarías directa al periódico del Campus. – bromeó. – Aunque no como columnista claro.
  • No te burles. – le recriminé. – Peter es un buen chico. Me respeta y ante todo es mi amigo.
  • Mientras sea así, me parece bien. – agachó una ceja. – Raro, pero bien.
  • No se lo digas a nadie, Matt. Y menos a Rose. No quiero que esto sea la comidilla del Campus.
  • ¿En serio crees que lo haría? – repitió el mismo gesto que Peter pero con el mechón de la otra parte. Sólo con lo que sentí, tenía clara la diferencia.
  • No lo creo, pero ten cuidado.
  • Lo tendré, no te preocupes. – me miró con los ojos entornados. – Mañana es el gran día.
  • Sí, estoy deseando volver a dormir en mi cama.
  • ¿Se lo has preguntado a Liliam?
  • Viene con nosotros.
  • Estupendo, será divertido. – sonrió ampliamente. – ¿Os veo en los aparcamientos después de comer?
  • Allí estaremos.
Acercó su mano hasta mi mandíbula, la acarició con dulzura y me sonrió de medio lado. Volvió ese pequeño mareo que Amanda me había descrito como amor. Seguramente estuviera sonriéndole como una idiota cuando mi compañera llegó hasta nuestro lado y carraspeó. Matt retiró la mano y se volvió. Su cara me hizo pensar que creyó que era Rose, pero era Amanda la que nos miraba simultáneamente como si quisiera leer nuestras mentes. Se acercó un poco más a nosotros.
  • Hola. – saludó sonriente. – Disculpad que os moleste, pero quería conocerte. – le dijo a Matt ofreciéndole su mano. – Soy Amanda, la compañera de habitación de Rachel.
  • Y una de sus mejores amigas, según tengo entendido. – dijo él estrechándole la mano. Ella me miró agradecida. – Yo soy Matt.
  • También he oído hablar bien de ti. – le respondió mi amiga. – Y quería agradecerte personalmente que te la llevaras a la playa hace unos días. Estaba que se subía por las paredes sin su mar y su arena. Has conseguido que por fin me deje dormir. – bromeó.
  • Pues mañana me la llevo a casa, así que a partir del lunes, gozarás de la mejor compañía.
  • ¿Sabes? Quizás la traigas más relajada aún, pero…. – se acercó a mí, se agarró a mi brazo y besó mi mejilla. – Ya es la mejor compañía.
  • No lo dudo. – contestó él sorprendiéndome.
  • ¿Queréis parar de una vez? – les dije sonrojada mientras se echaban a reír. – Si supierais que sólo os estoy ganando para que no sospechen de mí cuando encuentren vuestros cadáveres junto a la laguna, no diríais eso. – bromeé.
  • Bueno, creo que me arriesgaré. – sonrió ella empezando a subir los escalones. – ¿Te espero arriba mientras vas descuartizando a Matt?
  • No, mejor empiezo contigo. – le sonreí. - ¿Nos vemos mañana? – pregunté a Matt.
  • Por supuesto. – se acercó a besar mi mejilla y quizás fuera porque Amanda estaba delante pero me puse más nerviosa que otras veces. – Hasta mañana. – Miró a Amanda y le hizo un gesto de despedida a la marinera. – Encantado y… suerte con Jack el destripador.
Amanda le devolvió el gesto sonriente y las dos vimos a Matt alejarse con esos andares de deportista de élite. Al volverme hacia ella estiró su mano desde dos escalones más arriba. Le tendí la mía y me impulsó hasta su lado para tomar el camino a nuestra habitación.
  • Ahora que me he fijado mejor, es realmente guapo. – observó mi compañera mientras dejaba las llaves sobre la mesa. – ¡Qué ojos tiene!
  • Y qué sonrisa, Amanda, qué sonrisa. – suspiré.
  • Da gracias porque haya sido yo la que te ha visto babear así, temblar como si te fuera a comer cuando te ha dado el beso y suspirar de esa manera ahora mismo. Si es Liliam, tienes burlas un mes.
  • Lo sé. – me descalcé y me tiré en la cama. – Pero no se lo dirás.
  • ¿Qué te hace pensar que no lo haré? – me preguntó poniéndose la parte de arriba del pijama. Me fijé en sus costillas, estaba más delgada.
  • Jack el destripador. – le contesté y de un salto me incorporé. – Que de momento, se va a meter a cocinero porque no le gusta nada descuartizar a un montón de huesos. – busqué algo de comer en la nevera.
  • Eres una exagerada. – contestó Amanda mirándose en el espejo. – Tampoco estoy tan mal.
  • Amanda… – asomé la cabeza por encima de la puerta de la nevera. – ¿Te has pesado últimamente? – sin abrir la boca, hizo un sonido afirmativo con su garganta. – ¿Y?
  • Tres kilos menos. – balbuceó.
  • ¿Qué? ¿En una semana? – su garganta volvió a emitir aquel sonido. – Vamos a ver. – cerré la nevera de un portazo y miró asombrada cómo caminaba hacia ella con un dedo amenazante. – No voy a decírtelo más, así que escúchame bien. No soy tu madre, ni pretendo serlo, pero te trataré como tal si sigues con esa tontería de no comer. ¿Quieres caer enferma? ¿De verdad Eric merece que juegues con tu salud?
  • No. – agachó la mirada. – Pero Rach, de verdad que no tengo apetito.
  • Pues me da igual. Te obligas a comer lo que sea, aunque sea poco. – me miró a través de su melena que le caía por ambos lado de la cara. – No puedes pasarte el día estudiando a base de cafés. – le retiré el pelo de la cara. – Me estás preocupando de verdad. Me lo habías prometido.
  • Lo sé. – cerró los ojos de puro cansancio. – Y también sé que tienes razón, pero siento que la desgana es más fuerte que yo.
  • De eso nada. – le puse mis manos bajo su barbilla, obligándola a mirarme. – Todo es psicológico. Tú eres más fuerte que todo esto y sabes que tanto Lil como yo estamos contigo. Escucha esto atentamente: Vales mucho más que él, más que todo esto que estás pasando. Primero estás tú, después tú y luego, si te queda algún hueco para pensar en alguien más, vuelve a pensar en ti. Y si vuelves a encontrártelo, recoges su cinismo y se lo estampas en la cara con tu maravillosa sonrisa, le demuestras que ya no tienes tiempo para él y sus gilipolleces, y al marcharte de su lado, que sienta que una vez tuvo a la mejor chica del mundo, que la perdió por imbécil y que ya jamás volverá a tenerla. Ni a ella ni a ninguna que le llegue si quiera a los tobillos.
  • Rach. – carraspeó, me agarró las manos y las bajó hasta nuestras caderas, sin dejar de sostenerlas. – Si me llegas a dar esta arenga antes de habérmelo encontrado, hubiese almorzado una hamburguesa gigante. – la miré con media sonrisa. – ¿Sabes? me acaba de entrar un hambre impresionante. Hambre de seguir adelante, hambre de demostrarle que él y sólo él, es el perdedor de esta ruptura, hambre de orgullo y amor propio y sobretodo, hambre de cualquier comida basura que tengamos por ahí. – me soltó las manos y se fue directa al congelador. – A ver… verduras, arroz frito… ¡Lasaña! Perfecto. ¿Te apetece? – me preguntó mientras señalaba la caja de lasaña sonriendo con sinceridad. La miré desde lejos con los brazos cruzados en el pecho y empecé a caminar despacio hasta ella.
  • Lo que me apetece es darte un abrazo de los grandes.
  • No, por favor. – vi como le temblaba la barbilla justo antes de abrazarla. - ¿Ves? Ya me has hecho llorar. – me apretó con fuerza. – Voy a hacerlo Rach, te prometo que voy a dejar de lloriquear por él y voy a pensar en mí.
  • Sé que lo harás. – me separé de ella y le quité la caja de lasaña de la mano. – Oye, tiene buena pinta. ¿Iba en serio?
  • Por supuesto – sonrió mientras sacaba una botella de refresco y servía dos vasos. – Y un par de coca colas para brindar por mí, por mí y un poquito por ti también. – bromeó alzando un vaso y pasándome el otro.
  • ¡Y por pasárnoslo genial el fin de semana! – dije mientras chocaba mi bebida con la suya. – Salud.
  • Salud.
Amanda sonrió aún con los ojos brillosos y surcos de lágrimas en las mejillas. Siempre había sido la mayor, la responsable y la madura de nuestro grupo de tres, pero desde que empezaron sus problemas con Eric, parecía distinta. Aunque había conseguido mirar hacia delante, muchas veces decaía en su intento de seguir su vida dejando atrás todo lo suyo con él. Estaba más vulnerable, frágil y pesimista que nunca. Nos había repetido varias veces, que de no ser por nosotras, habría cometido muchas estupideces. No había podido imaginar a Amanda cometiendo estupideces hasta que vi sus costillas aquella noche. Y aunque se comió la lasaña como si hiciera meses que no comía, no me dejó del todo tranquila. Deseé que un fin de semana en casa de su madre, la hiciera volver a la normalidad.

miércoles, 13 de febrero de 2013

CAPÍTULO 14 (Parte 2)


Subí hasta mi habitación como si tuviese alitas en las zapatillas. Sonreía como una tonta y estaba segura que la poca gente con la que me cruzaba, se me quedaba mirando. Si en vez de con un abrazo, la tarde hubiese terminado con un beso, habría superado el mejor de mis sueños.

Eché un vistazo general al entrar en mi habitación mientras me descalzaba en la entrada. Todo estaba en silencio y la poca luz que había, la proyectaba la lamparita del escritorio. Allí estaba Amanda, con los brazos sobre la mesa y la cabeza apoyada en un libro abierto como si de una almohada se tratase. Me acerqué a ella y vi como respiraba lentamente. Se había quedado plácidamente dormida sobre sus apuntes y llevaba las gafas ladeadas y cruzadas en la cara de forma divertida. Se las quite con cuidado y las dejé sobre la mesita de noche, volví hasta ella y la llamé despacio. Cuando reaccionó, la ayudé a llegar hasta la cama y a desvestirse casi como una zombie. Recordé cuantas veces había hecho lo mismo mi madre por mí y la eché de menos.
  • Buenas noches. – le susurré cuando ya estaba metida bajo las mantas.
  • Buenas noches, Rach.
Sonreí al oír su contestación mecánica, seguramente ella creía estar soñando. La miré desde mi cama, mientras me ponía el pijama, parecía realmente agotada. Era comprensible en época de exámenes, pero yo sabía que no eran sólo los estudios los que la tenían así de cansada. Sólo hacía dos días que había roto con Eric, pero ya llevaba mucho tiempo sufriendo por una cosa o por otra. Me dio impotencia saberlo y no poder hacer nada, ella no se lo merecía.

Me tumbé boca arriba, reviviendo aquella tarde en mi cabeza como si no terminara de creérmelo. No me atreví a llamar a Lil porque aunque solía quedarse despierta hasta tarde, posiblemente ya lo era demasiado. Tan tarde que me obligué a dormir porque si seguía flotando en una nube imaginaria más tiempo, al día siguiente la zombie sería yo.

El ruido de algo estrellándose contra el suelo me sacó por fin de mi amarga pesadilla. Estaba viendo con sobrecogedora claridad como Matt saltaba al vacío desde su cueva secreta mientras sus palabras retumbaban en el aire “Ni te imaginas las cosas que pensé”. Yo corría hasta él pero no le alcanzaba, y al mirar abajo, ya no veía nada, sólo oscuridad.
  • ¡Mierda! - escuché
Miré hacia la nevera y vi a Amanda agachándose para recoger lo que había quedado de su pobre taza. Me levanté para ayudarla y ella me miró sorprendida.
  • Y encima te he despertado. – se quejó. – Lo siento.
  • No pasa nada, me va a sonar el despertador en breve.
  • Últimamente soy un desastre. – echó los pedazos de taza en la basura y cogió la fregona para limpiar el suelo. – No sé ni por dónde piso.
Me quedé mirándola mientras terminaba de recogerlo todo. Dejó la fregona y apoyó las manos en el fregadero de espaldas a mí.
  • No sé ni cómo llegué anoche a la cama. Sé que no podía concentrarme, me apoyé sobre la mesa y de repente, me levanto en mi cama esta mañana. – me miró con los ojos entrecerrados. – ¿Me estás drogando o algo así?
  • No. – le sonreí y me acerqué a ella. – Yo te llevé a la cama. Te habías quedado dormida sobre el escritorio mientras estudiabas.
  • Genial. – se dio la vuelta apoyando la cintura en la encimera y se pasó las dos manos por el pelo. – ¿Qué me pasa, Rach?
  • Que necesitas olvidarte de todo y descansar. – la abracé. – Verás cómo el lunes que viene estás como nueva después de estar en casa unos días.
  • Ojalá.
  • Claro que sí. – me separé de ella. - ¿Sabes? Yo también voy a irme a casa este fin de semana.
  • ¿Sí? – asentí enérgicamente. - ¿Cuándo lo has decidido?
  • Anoche, cuando estuve con Matt.
  • ¿Anoche? – me miró con recelo. – Te fuiste con él a media tarde.
  • No me mires así, yo no soy Liliam. – me reí. – Mejor te lo cuento.
Le pedí a Amanda que se sentara mientras yo hacía el desayuno y le iba contando todo lo sucedido con mi vecino el día anterior. A pesar de ser Amanda, no mencioné el rincón secreto de Matt, simplemente le dije que habíamos ido a Newport. Parecía una tontería pero sentía que era traicionar su confianza. Así que, obviamente y muy a mi pesar, omití partes de la historia.

Le pasé una taza de café y un zumo de naranja. También freí un par de huevos con beicon para ambas. Sin embargo, en cuanto le puse el plato delante, lo rechazó.
  • De eso nada. – Volví a colocar el plato frente a ella. – Tienes que comer. Llevas dos días haciendo como la que come y luego lo dejas todo. – me miró con sorpresa. – Sí, me he dado cuenta. Y no pienso dejar que te pongas enferma. Así que, come.
  • Últimamente no tengo apetito. – me miró con cara de cordero degollado. – Pero tienes razón, tengo que comer.
  • Tienes no, vas a hacerlo.
  • Que sí, mamá. – se rio y se metió un gran trozo de comida en la boca. - ¿Contenta? – dijo con la boca llena.
  • Lo estaré cuando te lo termines todo.
  • Tus hijos te odiaran, lo sabes ¿no? – bromeó. – O sea, que anoche llegaste aquí respirando corazoncitos. – dijo volviendo al tema principal.
  • Eso es más cursi incluso de lo que yo lo habría descrito, pero sí, más o menos fue así.
  • Esta vez tengo que darle un punto positivo a Matt. – me sonrió. – Confieso que si va a seguir por esa línea, tiene todas las de ganar.
  • Amanda. – la miré inquieta. – Creo que ya he aprobado el punto número uno ¿puedo pasar ya al dos?
  • ¿Quién te ha dicho que has aprobado el uno?
  • Él.
  • Pero la profesora soy yo y te digo que no. Has conseguido llegar a la cima, ahora hay que mantenerse. Además, creo que sigue teniendo novia ¿no?
  • Sí. – apoyé un codo en la mesa y dejé caer mi cara sobre mi puño. – Pero es que cada vez me resulta más difícil. Hay veces que me entra un calor que me dan ganas de agarrarlo por la camiseta y olvidarme de hasta como me llamo. – mi compañera me miraba con los ojos muy abiertos y la frente arrugada. – Sí, has oído perfectamente y todo ha salido de mi boca.
  • Rach. – se rió. – Es normal que un tío bueno como Matt te revolucione hasta la última hormona de tu cuerpo. Pero lo que tú quieres con él, va más allá de la pasión. Y si te dejas arrastrar por ella, no lo conseguirás. Tienes que aprender que los tíos piensan en sexo antes que en nada. Si se lo das a las primeras de cambio, olvídate de conquistar su corazón.
  • No estaba hablando de sexo. Sólo me refería a un beso.
  • Eso creemos todas y al final acabamos bajo sus sábanas. – negó con la cabeza. – Tú gánatelo por dentro primero. Lo demás, vendrá rodado.
  • Está bien. – suspiré. – Seguiré esperando pacientemente.
  • Recuerda: el que siembra, recoge. – me guiñó un ojo y me mostró su plato. Estaba vacío.
Estaba en clase de Comunicación intentando concentrarme y no pensar en Matt. Pero me era casi imposible. No se me pasaba otra cosa por la cabeza más que sus ojos, sus labios, sus lágrimas y su abrazo. Y ése gracias que me susurró al oído. Sin darme cuenta se me escapó un suspiro.
  • Señorita Parker. – alcé la vista hacia el profesor Danes. – No sé si se aburre profundamente o está enamorada. Sea lo que sea, no me importaría en absoluto si no fuera porque nos está distrayendo a todos con sus sonoros y constantes suspiros.
¿Se había oído? ¿Habían sido más de uno? Dios, me sentí encendida como una bombilla.
  • Discúlpeme señor. No volverá a pasar. – agaché la mirada.
  • Eso espero. – se giró hacia la pizarra. – Sobre todo por su salud, se va a deshinchar.
Toda la clase se echó a reír y quise desaparecer por un agujero negro y llevarme conmigo el ingenioso humor de mi profesor. Pero lo único que hice, fue deshacerme la cola y echar mi melena castaña hacia delante, intentando ocultarme tras mis rizos.

En cuando terminó la hora de la clase intenté salir pitando del aula, pero el señor Danes quería hablar conmigo. Me acerqué a su mesa y volví a disculparme.

  • No voy a regañarla. Esto es una Universidad, ya son mayorcitos. – me dijo con semblante serio. – Sólo quería advertirle una cosa. Me parece usted una buena estudiante, bastante aplicada y con uno de los resultados más positivos del primer ciclo del curso.
  • Gracias, señor Danes. – fue sólo un hilo de voz.
  • Siga usted así, y tenga cuidado con los enamoramientos, si es eso lo que le ocurre. – le miré sorprendida. – Sepa separar el ocio del deber. Y más aún en la época que estamos. Hasta la próxima clase y suerte.
Pasó por mi lado con celeridad y desapareció tras la puerta de la clase en la que ya sólo estaba yo.

Al llegar a la taquilla, me extrañó no ver a Lil allí. Siempre solía esperarme apoyando su espalda en la pared y con la mirada fija es la pantalla de su móvil. Imaginé que mi retraso la habría hecho ir a buscarme al comedor, pero allí tampoco estaba. A la que sí encontré fue a mi compañera, que compartía mesa con Fred y reían alegremente.

Con lo poco que conocía a Fred, sabía que era de los que no paraban de hacerte reír. Por eso me gustaba que Amanda hubiese dejado a un lado que fuera el mejor amigo de su ex y siguiera manteniendo con él una buena amistad.
  • ¡Hola! – gritó el chico con los brazos abiertos al verme llegar. - ¿Dónde vas con ese aire de gata salvaje, Rachel? – Amanda se giró hacia mí.
  • Por fin has decidido soltarte la melena ¿eh? – bromeó ella.
  • Ja, ja. – fui sarcástica mientras volvía a cogerme la cola. – No me habléis del tema. Ha sido la peor clase de mi vida.
  • Venga, no será para tanto. – dijo Fred. – Almuerza con nosotros y nos lo cuentas.
  • La verdad es que venía buscando a Liliam ¿La habéis visto?
  • No la veo desde que se fue ayer con David.
  • Es verdad, no me acordaba. – fruncí el ceño. - ¿Crees que…?
  • Hablando de Lil… todo es posible. – Amanda se encogió de hombros. – Vamos, siéntate, come algo, vigila que me lo coma todo y vamos a buscarla juntas.
Acepté la invitación y le envíe a Lil un mensaje al móvil mientras esperaba para llenar mi bandeja. No hubo respuesta y estaba empezando a sonarme raro.

Amanda me pidió que me relajara y estuvimos charlando un rato los tres. Me fijé en Fred. Si Amanda no me hubiese retrasmitido todo su culebrón, nunca lo hubiese imaginado. Podía decir que ahora se mostraba más seguro y más relajado, pero no era así, porque la realidad es que se mostraba como siempre. Quizás su liberación se notaría en otros sentidos, pero conmigo siempre había sido el mismo chico alegre y disparatado.

Se rieron cruelmente de mí cuando les conté la anécdota del día. Aguanté estoicamente los chistes y las burlas. Cuando al fin se cansaron, me sentí aliviada.

Mientras comíamos, le había mandado un par de mensajes más a Lil, y en el último, le pedía por favor que me contestara. Lo hizo: “ESTOY BIEN, PESADA. ¿YA VAS A DEJARME EN PAZ?”. En cuanto se lo leí a los chicos, Fred estuvo seguro de que había pasado la noche con David y seguía con él. Sin embargo, Amanda y yo coincidimos en que algo no iba bien. Nos despedimos del chico y nos pusimos a buscar a Lil por los sitios más comunes dónde podía estar. Ni en la biblioteca, ni en la sala de recreo, ni en la cafetería. No había contestado a mí mensaje sobre dónde estaba. Así que, seguimos buscando. Se nos ocurrió mirar en sitios en los que estaría David, quizás tuviéramos la suerte de encontrarlos. En el primero no hubo suerte, David no estaba viendo el partido de baloncesto. No eran los Lakers, así que era lógico. Sin embargo, a la segunda acertamos. Había recordado la primera conversación que tuve sobre él con Liliam, donde me dijo que “casualmente”, lo había visto en los jardines narrando un partidillo que jugaban sus amigos. Y allí estaba, sólo que estaba vez participaba activamente.

Le llamé y le hice señas cuando empezó a buscarme. Al verme, se puso serio y me pareció ver que apretaba las mandíbulas. Se acercó a nosotras con paso vacilante.
  • Chicas. – nos saludó inclinando la cabeza. - ¿Disfrutando de la hombría de este interesante encuentro? – quiso ser gracioso, pero me pareció ver una sombra en su mirada, como si estuviera nervioso.
  • Estamos buscando a Lil. – le expliqué. – No la vemos desde ayer.
  • ¿En serio? – entrecerró lo ojos. – Yo tampoco.
  • ¿Qué? – no pude evitar sorprenderme. - ¿Dónde la dejaste por última vez?
  • Pues… – miró hacia un lado intentando recordar. – Creo que la última vez que la vi, estaba entrando en la residencia. Y tenía cara de pocos amigos.
  • ¿Crees? – asintió con seguridad. - ¿No estuvisteis juntos ayer?
  • Mmm… no. – dijo como si le fuera a caer un trueno en cuanto respondiese.
  • ¿Qué quieres decir? – La voz de Amanda sonaba a ese trueno.
  • Tú debes ser Amanda ¿no? – alzó su mano. – Yo David, encantado.
  • David… – mi mirada era una advertencia.
  • No me presenté, Rach. – agachó la cabeza y se quedó mirando al suelo.
  • ¿Qué has dicho?
  • Que no me presenté, que la dejé tirada. – me volvió a mirar. – Que fui un capullo.
  • Se te ha olvidado decir que no te hablará nunca más. – Apuntó Amanda.
  • Sí, lo sé. – suspiró.
  • Pero ¿por qué? – no entendía nada.
  • Porque cuando iba hacia allí me llamó una amiga y…
  • Vale, no digas nada más, está todo claro. – le cortó Amanda. – Vámonos Rach, creo que ya sé dónde está.
  • David. – estaba cabizbajo cuando le hablé. – Creí que te interesaba de verdad.
  • Tengo mis razones. – intentó disculparse.
  • Pues ya tienen que ser buenas si quieres, por un casual, que te perdone. – le contesté decepcionada mientras me daba la vuelta. – Aunque mucho me temo que no lo hará. – mi giré de nuevo hacia él. – Y un consejo, si tienes pensado explicárselo, no empieces con “me llamó una amiga…”. Te linchará.
Amanda tiraba de mí. Ella no había hablado nunca con él, no le conocía lo más mínimo y seguramente, sólo tuviera ganas de abofetearlo. Sin embargo, aunque yo sólo había tenido un par de conversaciones con él, podría decirse que le había cogido cariño. Era un chico diferente, y honesto, hasta donde había demostrado. Sentí pena cuando nos alejamos y lo vi sentarse en el suelo y mirar a ninguna parte. ¿Qué razones tendría? Fueran las que fueran, la había cagado mucho más de lo que podía imaginar. O quizás, por su actitud, si lo supiera.

Tanto Amanda como yo, ya estábamos seguras de dónde buscar: Su habitación, el último lugar dónde sabía que buscaríamos, porque es dónde nunca estaba. Conociéndola, eso significaba que no quería ver a nadie.

Al llegar, llamamos tímidamente a la puerta pero no contestó nadie. Volvimos a llamar, esta vez algo más fuerte y... nada. Amanda perdió la paciencia y aporreó la madera con todas sus fuerzas.
  • ¡Liliam, abre! ¡Sabemos que estás ahí! – le gritó.
  • ¡No estoy! – se oyó al otro lado.
  • Vamos Lil. – le hablé con tranquilidad. – Hemos hablado con David, sabemos que te dejó tirada.
Empezamos a oír ruido dentro, casi como si un elefante hubiese entrado en un lugar más pequeño que él. Escuchamos girar la cerradura y la puerta se abrió unos centímetros. Al empujarla sólo nos dio tiempo de ver como Liliam se volvía a meter en la cama y se cubría hasta la cabeza.

Había ido un par de veces a su habitación y siempre me había parecido que estaba dividida por la mitad. Como si la parte de la compañera de Lil fuera el infierno y la de ella el cielo. Un contraste de negro y blanco, limpio y sucio, desorden y meticulosidad. Tanta era la diferencia que veía normal que pasara más noches en nuestra habitación que en la suya. Sin embargo aquel día era diferente. La parte de Lil era tan caótica como la de su compañera. Tenía la ropa tirada por el suelo, los libros desparramados entre el escritorio y la silla, y un montón de clínex estaban repartidos tanto por la cama como por el suelo y la mesita de noche.

Nos acercamos a ella. Amanda se sentó en el borde de su cama y yo pensé sentarme en la de su compañera pero, después de echarle un vistazo, permanecí de pie.
  • Liliam, sal de ahí. – le pidió Amanda con dulzura.
  • No, no pienso hacerlo. – contestó con la voz ahogada por las mantas.- Nunca más.
  • ¿Quién eres tú y que has hecho con Liliam? – le pregunté medio riendo. - ¿Te vas a poner así por un tío?
  • Más quisiera él. – respondió asomando su boca por un hueco para que la oyésemos mejor.
  • Entonces ¿por qué no sales? – preguntó Amanda
  • Porque aquí debajo no veré a más chicos y no me volverá a gustar ninguno. Así no tendré la mala suerte de volver a sacar un poco la cabeza de mi hoyo para que me la hundan aún más.
  • No te pongas tan dramática. – en cuanto me oyó sacó la cabeza y me miró con los ojos llenos de rabia. – No es para tanto.
  • ¿Te parezco exagerada? – se incorporó de un brinco. Aún estaba en pijama.
  • A ver, entiendo que estés disgustada y que él ha sido un imbécil no presentándose. Pero primero deberías hablarlo con él y…
  • ¡No! No pienso hablar con él. No quiero excusas.
  • Pues yo tampoco las quiero, así que sal de ahí de una vez. – me enfadé y señalé a mi compañera. – Hace sólo un par de días que Amanda y Eric rompieron, y aunque lo suyo es mucho peor que lo tuyo, todavía no la he visto quedarse en casa a llorar. No seas cobarde.
  • ¡Yo no soy cobarde!
  • Sí que lo eres. Mírame a los ojos y dime que toda esta parafernalia no la estás montando sólo porque tienes miedo de cruzarte con él. – se me quedó mirando fijamente, con los ojos vidriosos y encendidos. Pero no dijo nada. - ¿Ves? Tengo razón. Y lo peor, me decepcionas. Un tío que pasa de ti no merece ni una lágrima tuya. Y mucho menos que pares tu vida por él.
  • Te odio. – me dijo y señaló a Amanda. – Y a ti también. – la miramos sorprendida. – Odio que me conozcáis tan bien. No debería ser así. Yo soy cerrada y orgullosa, nadie tiene que hablarme de esa manera. – Amanda y yo nos miramos unos segundos antes de echarnos a reír a carcajadas. - ¡No os riáis  Lo digo en serio. Si quiero quedarme aquí a llorar todo el día tenéis que dejarme.
  • Si es lo que quieres… – Amanda le habló con seriedad, se levantó y se encogió de hombros. – Está bien, nos iremos. De hecho, ambas tenemos mucho que estudiar. – la miró de reojo mientras me empujaba hacia la puerta. – Pero luego no digas que no tienes amigas o que las que tienes pasan de ti. – Llegamos hasta la puerta. Yo no quería irme, pero me dejé arrastrar. Si Amanda hacía aquello, sus razones tendría y yo confiaba plenamente en ella. – En fin, ya sabes dónde encontrarnos.
Cerró tras de sí y se me quedó mirando con media sonrisa. Entrecerré los ojos y ella alzó un puño. Mientras la miraba sin comprender empezó a contar segundos extendiendo los dedos uno por uno. En el cuarto, la puerta de la habitación de Liliam se abrió y mi compañera expandió su sonrisa con orgullo.
  • Esperad. – Nos pidió Lil. – Dejad que me vista y vaya con vosotras.
  • Tienes cinco minutos. – Le dijo Amanda sin tan siquiera mirarla.
  • De acuerdo. – Liliam volvió adentro para cambiarse.
  • ¿Cómo sabías que…? – dije señalando la puerta.
  • No lo sabía, lo intuí. – abrí mis ojos más aún. – He observado que a Lil le gusta que le insistan. Quizás porque le hace sentirse bien y querida. Y nunca me ha importado, pero ahora no era el momento de dejarse arrastrar por la pena y el halago para sentirse mejor. Tenía que despertar y salir de aquí. Entiendo que después de lo que le pasó con su ex, sea altamente vulnerable, pero si por un mínimo desplante se pone así, no va a tener fuerzas para enfrentarse a su inseguridad y su miedo nunca más. – miró hacia la puerta y volvió a mirarme. – Esa es la teoría, la práctica, la estudiarás en tercero. – me dijo.
  • ¿Cómo?
  • Es una técnica periodística. Sirve para conseguir que el entrevistado diga o haga exactamente lo que quieres. Hay varias formas de conseguirlo, sólo hay que observar. Y yo, gracias a tus conversaciones con ella, ya sabía cómo hablarle para que nos hiciera caso. Sólo tenía que ser clara, directa y con un poquito de despotismo.
  • O sea, que has descubierto mi secreto: Ser tan borde como ella.
  • Exacto.
Las dos nos echamos a reír. Me quedaba mucho por aprender en aquel Campus, pero siempre me sorprendía más cuando eran las personas que habitaban en él las que me enseñaban. “Fiat Lux” recordé en el instante que Liliam volvió a aparecer a nuestro lado.

Se había lavado la cara y se había pintado los ojos, intentando disimular la hinchazón. Aún así, llevaba unas gafas de sol colocadas en forma de diadema sobre su melena rojiza. Seguro que aquella tarde íbamos a ver poco sus grandes ojos verdes.
  • Estoy lista. – alzó la barbilla. – Ningún capullo universal me va a dejar todo un día metida en la cama. – de repente se paró y lo pensó. – A menos que se quede conmigo a jugar. – puso su cara de pilla, se rio con picardía y empezó a caminar delante de nosotras.
  • Buen trabajo. – alabé a mi compañera. – Vuelve a ser ella.
  • Gracias. – me sonrió y me agarró del brazo para seguir a Liliam.


lunes, 11 de febrero de 2013

CAPÍTULO 14 (Parte 1)

El domingo se presentaba relajado. Por la noche, le había cedido mi cama a Liliam y había dormido con mi compañera, que a diferencia de la italiana, no se movió de la misma postura ni un momento. Algo que me ayudó a descansar mucho mejor que la noche anterior.

Aún no había amanecido cuando abrí los ojos para cambiar de postura y encontré Amanda mirando al techo, con una mano apoyada en la frente.
  • Sabes que deberías descansar más ¿Verdad? – le susurré.
  • Lo sé. – se giró hacia mí. – Se me hace difícil despertarme en fin de semana sin él. No sé si me acostumbraré.
  • Lo harás.
Asintió intentando convencerse más a sí misma que a mí, pero al menos cerró los ojos y consiguió dormir un poco más.

Liliam se levantó con los ojos hinchados de llorar y aseguró que aquella mañana se la pasaría en la cama. Pasaba de fijar los ojos en los libros y llegar a su cita con David como si le hubiesen dado una paliza. A Amanda y a mí nos pareció buena idea dar un último repaso allí mismo y dejamos la biblioteca para otro día.

Estudiamos, charlamos, almorzamos y nos volvimos a poner a estudiar. Entonces me di cuenta que necesitaba un par de libros de la biblioteca para esa semana, así que no tuve más remedio que ponerme unos vaqueros y una camiseta para ir a por ellos en un momento.

Al llegar, vi que la sala no estaba tan llena como la mañana anterior. Era evidente que el domingo no era tan apetecible para estudiar. Sin embargo, aún había un número considerable de alumnos allí, lo que explicaba a las claras la época del curso en la que estábamos. Fui directa al archivo y encontré fácil uno de los libros, sin embargo, el segundo me tenía mareada. Le di tres vueltas a la estantería dónde se suponía que estaba y no lo encontré. Me acerqué al mostrador pero no había nadie y cuando iba a desistir y a volver a la habitación, vi una cara conocida bajando por las escaleras. Vestía con unos vaqueros anchos y una camiseta negra con el dibujo de Gizmo, en el centro. Llevaba el pelo peinado hacia delante y sus gafas le descansaban casi en la punta de la nariz. Me quedé esperándolo al pie de la escalera.
  • Samuel, ¡Cuánto tiempo sin verte! – Le saludé.
  • ¿Rachel? – se colocó las gafas en su sitio para verme mejor. – ¡Qué alegría! ¿Cómo te va? ¿Te has adaptado bien?
  • Sí, muy bien. La verdad es que no me puedo quejar.
  • ¿Y qué te trae por aquí? ¡Qué tontería! Los exámenes. - se explicó solo.
  • Exacto. Y en concreto un libro que me tiene despistada, no lo encuentro por ningún sitio.
  • ¿Cuál?
Le pasé el papel dónde tenía apuntado el nombre, lo miró un segundo y enseguida sonrió.
  • Sé dónde puede estar. Espérame en recepción, enseguida vuelvo.
Asentí, me dirigí a donde me había dicho y me quedé observando cómo Samuel desaparecía por las gigantescas estanterías de la sala.
Mientras aparecía de nuevo, me giré y apoyé mis brazos en el mostrador, dejando la mirada perdida en un bolígrafo que descansaba por allí entre los papeles de suscripción. De repente, empezó a ascender ayudado por una mano que seguí con la vista hasta llegar a su dueño. Matt miraba simultáneamente al bolígrafo y a mí con una ceja arqueada.
  • ¿Por fin han inventado el bolígrafo que te ayuda a estudiar con tan sólo mirarlo? – preguntó con media sonrisa.
  • Está de pruebas pero es una estafa. – bromeé. – tendré que seguir haciéndolo como todos los demás, gastando codos.
  • Lo siento. – ironizó.
  • No te preocupes, lo imaginaba.
Mi vecino sonrió y se acercó a mí para besar mi mejilla. Posiblemente nunca me acostumbraría a aquello.
  • Me alegro de verte. – miró a su alrededor. - ¿Estudiando un rato?
  • Buscando un libro.
  • ¿Y hay suerte?
  • Aquí lo tienes, Rachel. – Samuel puso el libro sobre el mostrador.
  • Parece que sí. – contesté a Matt mostrándole el libro. – Muchas gracias, Samuel. – me giré hacia él. – Eres un encanto.
  • De nada. – se sonrojó. – Ya sabes que aquí me tienes para lo que quieras. – le sonreí con agradecimiento y se marchó.
  • Creo que le gustas. – susurró Matt.
  • No digas tonterías. Sólo es un buen chico.
  • ¿Por qué iba a ser una tontería? – me miró con sus profundos ojos verdes y gracias a dios, cambió de tema. – Entonces, ¿Tienes que estudiar?
  • No tengo nada mejor que hacer. – me encogí de hombros.
  • ¿Y si yo te propongo algo? – se inclinó hacia mí con voz misteriosa. Sentí un escalofrío.
  • ¿Cómo qué? – intenté que no notara que tragaba.
  • Si me regalas tres horas de tu tiempo, prometo darte una sorpresa agradable.
  • Eso suena demasiado misterioso. ¿Alguna pista?
  • No. – negó también con la cabeza. – Tendrás que confiar en mí.
  • No sé, no sé. – puse cara de estar pensándomelo.
  • ¿Y si te lo pido por favor? – me preguntó ladeando la cabeza. – Necesito hablar.
Era evidente que iba a aceptar desde la primera vez que me lo había pedido, pero su última frase me hizo desear hacerlo aún más.
  • Si me lo pides así…
  • Genial. – sonrió ampliamente. – Sígueme.
Salimos de la biblioteca uno tras del otro. Matt iba delante y daba grandes zancadas, parecía tener prisa. Me miraba de reojo y sonreía de vez en cuando. Yo aproveché el camino para mandarles un mensaje a las chicas y decirles que estaría con él unas horas, que no me llamaran. Liliam fue la encargada de contestarme “Y PARECÍAS TONTA CUANDO TE ENCONTRAMOS. SUERTE!!”. Sonreí y Matt me miró con curiosidad.
  • Sólo es Liliam. – le expliqué.
  • No he preguntado. – se volvió amagando una sonrisa.
Atravesamos los jardines y cruzamos por delante de la puerta de la Residencia. Pude comprobar que Matt se dirigía con paso firme hasta los aparcamientos. Vi como se buscaba algo en el bolsillo y sacó las llaves de su precioso Dodge Avenger azul. Por lo que yo sabía, su padre lo compró poco antes de morir y ahora que pertenecía a mi vecino, lo cuidaba como si fuese un tesoro. Siempre lo tenía limpio y brillante, aunque eso no era extraño ya que, lo había observado más de un domingo puliéndolo con cera hasta dejarlo impecable. Lo había divisado antes que él, casi lo conocía mejor que al mío, que estaba aparcado varios metros más atrás. Lo miré con incertidumbre.
  • Tranquila, no te voy a secuestrar. – me dijo al ver mi cara. – Pero necesitamos el coche o en vez de tres horas tardaremos mucho más.
  • No estoy preocupada. – me encogí de hombros. – Mis amigas saben que estoy contigo. Serás el sospechoso número uno si me pasa algo.
  • Vaya, has destrozado mi plan. – bromeó mientras me abría la puerta de copiloto. – Acomódate si aún quieres venir conmigo.
Me senté con seguridad y le observé de reojo. Él volvió a sonreír, cerró la puerta despacio, rodeó el vehículo y subió por la otra parte. En pocos segundos estábamos cruzando la verja de la Universidad y tomando dirección a la carretera principal.

No podía creerme que estuviera en su coche, con mi mano a unos centímetros de la suya, apoyada en la palanca de cambio. Cuántas veces había imaginado aquella escena y en ese momento, era real. Estaba ilusionada, pero a la vez confundida. No sabía dónde íbamos ni de qué necesitaba hablar. Le miré de reojo, iba vestido con unos vaqueros, una camisa azul de cuadros y debajo, una camiseta blanca con cuello de pico que me ayudaba a divisar perfectamente el dibujo de su clavícula. Aparté la vista de él cuando me di cuenta de que me miraba.
  • ¿Ocurre algo? – preguntó.
  • No. – resbalé hacia abajo en el asiento, eché la cabeza hacia atrás y cerré los ojos. – Sólo disfrutaba del paseo.
No dijo nada y tampoco supe que cara puso, pero seguro que andaba por allí esa perfecta sonrisa.

Matt encendió la radio y estuvo cambiando de una emisora a otra hasta que encontró lo que buscaba: You´re Beautiful de James Blunt, empezó a sonar relajadamente entre nosotros. Incliné un poco la cabeza hacia la ventanilla y abrí los ojos. Ya estábamos en la autopista y según los carteles íbamos en dirección al oeste, como si fuéramos a casa.
  • Esta canción es injusta. – dijo mientras terminaba de sonar en la radio. – Te cruzas con alguien perfecto pero sabes que nunca será para ti. ¿Qué sentido tiene?
  • El que quieras darle. – le contesté volviéndome hacia él. – Para mí significa, que a veces la vida nos pone cosas buenas delante y apenas nos deja disfrutarlas, pero hay que ser realista, dejarlas pasar y quedarse con lo bueno en vez de lamentarse por no tenerlas.
  • Me gustaría pensar así.
Lo dijo como un anhelo, y después se volvió a quedar en silencio, con sus pensamientos perdidos en algún lugar. Volví a mirar por la ventanilla y vi un cartel en el que rezaba el nombre de nuestra ciudad y los kilómetros que quedaban hasta ella. Le miré sorprendida.
  • Siento decepcionarte pero no vamos a casa. - respondió como si me leyese el pensamiento.
  • ¿Entonces?
  • Está un poco más cerca.
Justo cuando dijo eso, cogimos un desvío en la carretera que señalaba varios destinos posibles. Matt no quiso decirme cuál era, aún así, todos tenían algo común que me gustaba: arena y mar.
  • ¿Vamos a la playa? – Sonreí ampliamente.
  • ¿Quién sabe? – se encogió de hombros con un gesto divertido. – Si tanta ilusión te hace… a lo mejor sí.
  • ¡Por supuesto que me hace ilusión!
Sonrió sin apartar la vista de la carretera y quise agarrarle por el brazo y abrazarme a él. En vez de eso, me abracé al libro que Samuel me había dado y apoyé la cabeza en la ventanilla, conteniendo las ganas de patalear de alegría. Hacía tanto que no estaba en la playa…

Al cabo de unos minutos, por fin pude saber con exactitud dónde íbamos. Todos los destinos habían ido desapareciendo a un lado y otro de la carretera hasta quedar sólo uno: Newport Beach. Ya había estado allí un par de veces, visitando a unos amigos del trabajo de papá. Una ciudad llena de lujos y de gente de dinero, donde el turismo iba, literalmente, a dejarse el sueldo. Hacía poco que se había hecho famosa en todo el mundo gracias a la serie The O.C., y lo cierto era que la realidad no distaba mucho de la ficción. Casas impresionantes y hoteles ostentosos, gente diez cruzando de un lado a otro, con decenas de bolsas de grandes firmas en las manos, coches prohibitivos y muchos de los mejores surfistas de california, se encontraban en aquella ciudad. En fin, la ciudad perfecta para los niños de papá a los que no les duele gastarse el dinero, simplemente, porque no es suyo.
  • ¿Sabes? Rose nació aquí. – dijo como si de nuevo estuviera viendo mis pensamientos. No pude evitar reírme con los labios apretados. - ¿De qué te ries?
  • Mejor no preguntes. – Me miró un segundo y prefirió hacerme caso. - ¿Por qué hemos venido a Newport?
  • Quiero enseñarte algo.
Cruzamos toda la ciudad bordeando la costa. Pude ver la playa y un sinfín de sombrillas que iban ya cerrándose para volver a casa, pronto caería la tarde. También pude deleitarme con la cantidad de yates que andaban allí fondeados. Realmente era un ciudad de gente acaudalada.

Casi estábamos volviendo a salir de la ciudad cuando mi vecino bajó por una carretera estrecha hasta una playa mucho menos poblada que las que habíamos dejado atrás. Aparcó junto a un puesto de helados.
  • Vamos allí. – Matt señaló unos acantilados que había a unos doscientos metros, - Podría haber aparcado más cerca pero he pensado que a lo mejor prefieres ir paseando por la playa.
  • Me encanta cuando piensas.
Le sonreí y me bajé del coche con prisas. Tal y como salí, noté la brisa pegar en mi cara y en mi cuerpo. Me abracé a mí misma, cerré los ojos y respiré profundamente. El aroma a sal entró por mis pulmones purificándolos y lo expulsé despacio, sin querer dejarlo escapar del todo. Me sentí como en casa.

Al abrir los ojos vi a Matt observándome, sus labios se inclinaban casi imperceptiblemente hacia arriba, y sus ojos me miraban con delicadeza, como si me estuviera admirando.
  • Siento romper este momento de magia entre tú y la playa pero, se nos hace tarde. – me dijo con voz melancólica. Estaba segura de que él se sentía tan reconfortado como yo. – Toma, me pasó una pequeña mochila negra. – Por si quieres descalzarte. – Él ya lo había hecho y sus zapatos estaban dentro de la mochila.
  • Buena idea. – me senté en el muro del paseo y me quité las zapatillas. Luego las guardé en la mochila.
  • ¿De qué quieres el helado? – me preguntó mientras se colgaba la bolsa con los zapatos y caminaba hacia la heladería ambulante. – Y no vale declinar la oferta.
  • Está bien. – me reí. – Cheesecake, entonces.
  • Buena elección.
Llegamos hasta la orilla mientras saboreábamos los helados. Adoré volver a sentir el mar en mis pies. La playa estaba casi desierta, sólo había alguna que otra pareja dándose el lote y un grupo de chicos jugando a tirarse bombas de arena mientras corrían hacia el agua como si estuvieran rebozados y listos para freír. Reían a carcajadas.
  • ¿Ves por qué me gusta tanto esto? Es relajante y todo el mundo disfruta.
  • Sí. – mordisqueó con sus paletas la galleta del helado. – Aunque también hay gente que lo utiliza para intentar suicidarse. – le miré extrañada. – Conozco el caso de una chica que quiso morir achicharrada por el sol en una playa. – me miró de reojo con media sonrisa. - ¿Lo habías oído?
  • ¡Idiota! – le golpeé el brazo mientras se reía. Lo apretó instintivamente para recibir el golpe. Estaba realmente fuerte.
Le observé mientras terminábamos nuestros helados y me contaba su frustrado intento por convertirse en surfista. Parecía relajado y los ojos le brillaban en un tono verde claro. Se reía mientras hablaba y gesticulaba con todo el cuerpo imitando las posturas correctas para coger una ola, y también para caerse de ella. Se había remangado los pantalones y su piel morena resaltaba aún más bajo el agua. Pensé en la canción de Blunt y lo bonito que era aquel momento. Yo, al contrario del cantante, no sabía si alguna vez él sería mío, pero me aseguré de disfrutar de aquello por si acaso.

Matt miró al horizonte y luego se miró el reloj.
  • Tenemos que darnos prisa o nos lo perderemos. – me cogió por la muñeca y empezó a correr. – Vamos, sígueme.
Le seguí a trompicones los primeros pasos, luego me soltó y fui tras él con mayor facilidad. Llegamos hasta los acantilados y subimos de vuelta al paseo. Pocos pasos más allá se acabó el lujoso enlosado y empezó un pequeño camino de tierra en el que Matt se paró en seco. Abrió la mochila y sacó las zapatillas.
  • Será mejor que nos las pongamos.
Nos calzamos en pocos segundos y empezamos a subir por el sendero. Ya no corríamos pero aún caminábamos a paso ligero. Al llegar un poco más arriba, el camino se empezó a convertir en un montón de rocas que tuvimos que escalar. Mi vecino me tomó por el brazo y me ayudó en todo momento. Después de unas cuantas rocas más, divisé una apertura en la montaña.
  • Es aquí, ya hemos llegado.
Nos colamos por el hueco agachando la cabeza y tras atravesar una galería interior, salimos al otro lado del acantilado. Había un pequeño llano encima de lo que parecía unos riscos muy afiliados. La forma cóncava de la cueva, lo resguardaba del aire y desde allí sólo se veía el mar y el cielo. Miré hacia mi derecha y vi un par de piedras planas donde Matt ya se había sentado. Justo enfrente, junto a su cabeza, había un farol apagado y una especie de H tallada en la pared.
  • Ven, siéntate. – señaló la piedra plana que había desalojada. – Tienes que ver esto.
  • ¿El qué? – le pregunté mientras tomaba asiento a su lado.
  • La sorpresa que te prometí. – dijo señalando al frente. Seguí la dirección de su dedo. – Justo… ahora.
Estaba atardeciendo. El sol brillaba anaranjado y rojo, empezando a desaparecer por el horizonte. Era como si hubiese entrado en contacto con el mar y se estuviese apagando poco a poco, una llama consumiéndose bajo el agua. El día que parecía no querer sucumbir y las estrellas que ya empezaban a aparecer sobre él, como si le obligaran a marcharse. Había visto muchos atardeceres, pero nunca uno tan bonito.

Cuando el sol terminó de irse y las estrellas resplandecían ya en todo su esplendor, me sorprendió no verme a oscuras. Una luz tenue y chispeante salía de mi derecha. Al girarme vi el farol llameando sobre la cabeza de Matt. No sabía cuando lo había encendido, ni siquiera me pareció que se moviese mientras veíamos atardecer. De hecho, mi vecino seguía tan absorto en el mar que dudé de haberlo visto apagado antes.
  • ¿Te ha gustado? – preguntó sin desviar la mirada.
  • Creo que no he visto nada más bonito.
  • Ni yo. – me miró daleando la cabeza. – Al menos, en soledad no me parecía para tanto. Imagino que la compañía ayuda.
  • Gracias. – Desvié la mirada hacia el frente y me alegré que aquel farol no alumbrara lo suficiente, aún así no pude evitar sonreír como tonta. – ¿Quieres decir que es la primera vez que vienes aquí con alguien? – me costaba creerlo.
  • Sí. Este lugar es especial para mí. – le miré de reojo y vi como miraba hacia delante con la cara en tensión. – Cuando murió mi padre… – tragó con fuerza y se humedeció los labios. – Hacía poco que me había sacado el carné de conducir y no conocía ninguna carretera, pero me monté en el coche y me puse a conducir hacia ningún lugar. Sin darme cuenta llegué a estos acantilados y subí hasta aquí. Ni te imaginas las cosas que pensé. – se rió con amargura. – Cogí una piedra y tallé esa letra. – señaló la H que había en la pared. – Fue un pequeño homenaje a mi padre. Sólo tenía 16 años y estaba totalmente perdido. Me senté justo dónde estás tú y me hinché a llorar como un bebé. – los ojos le brillaban en la oscuridad. – Y entonces atardeció y me quedé a oscuras. No se oía nada, sólo el mar golpeando las rocas y algún que otro pájaro. Justo como ahora. – se quedó callado unos segundos, señalando el ambiente con sus manos. Tenía razón. – Me envolvió una extraña paz y me tranquilicé. Luego me di media vuelta y volví a casa a abrazar a mi madre. Era lo único que quería en aquel momento. – se echó las manos a la cara y me sorprendí al ver que sollozaba.
  • Matt… – le coloqué tímidamente una mano en el hombro.
  • ¡Joder! – se echó hacia atrás y se golpeó los muslos con los puños apretados. – No sé por qué te cuento todo esto. Posiblemente no te importe.
  • Claro que me importa. – se giró rápidamente hacia mí, mirándome con incredulidad. – Y si me lo has contado es sólo porque hablar alivia el sufrimiento.
  • ¿De verdad te importa? – parecía asombrado.
  • Por supuesto. Somos amigos ¿no?
  • ¿Recuerdas que el otro día te dije que había dejado de creer en muchas cosas? – asentí con la cabeza. – La amistad es una de ellas.
  • Entonces ¿no me consideras tu amiga? – ahora la sorprendida era yo.
  • Todo lo contrario. Tú me has devuelto la fe.
Sus palabras llegaron a mí pecho como una flecha incandescente que me hizo arder la boca del estómago y que me zarandeó por dentro. Quise atraerlo hacia mí. Quería abrazarle y también besarle. Quise asegurarle que podía confiar en mí y que iba estar siempre a su lado, pero antes de que pudiera decidir nada, giró la cabeza de nuevo al infinito y volvió a apretar la mandíbula.
  • Desde aquel día, vengo aquí cada vez que me siento mal, solo, o perdido. No sé cómo, pero este sitio me calma y me ayuda a seguir. – me volvió a mirar. Ya no estaba llorando pero aún se le señalaba la caída de las lágrimas por la mejilla. – Esta pequeña cueva se ha convertido en mi guarida secreta.
  • ¿Y por qué me has traído a ella? – le pregunté cuando las palabras volvieron a mi boca.
  • No sé por qué te he traído. Quizás quería demostrarte que confío en ti. – agachó la vista un momento. – Sentía que te debía algo así después de como te traté la otra tarde. – me sonrió casi avergonzado. – Además, si tú no cuentas nada, seguirá siendo secreta, aunque ahora sea compartida.
  • Te prometo no mencionarla.
  • No tienes que prometerme nada y puedes venir aquí cuando tú quieras. Ahora también es tuya.
  • Gracias. – me atreví a acariciarle la cara y noté como tragaba.
  • Rach. – cerró los ojos y suspiró. – Creo que deberíamos irnos. Se ha hecho muy tarde.
No era exactamente la frase que me hubiese gustado oír, pero al mirar mi reloj, supe que tenía razón. Había anochecido por completo y nos quedaba casi una hora de camino de vuelta. Recordé lo que me había escrito en la carta: Mi madre estaba de los nervios. Se pone como loca cuando tengo que conducir de noche. Pensé en mamá. Si me viera en aquel instante, me lloverían reproches de todos los colores.
  • Pues sí, deberíamos volver. – suspiré con tristeza.
  • Es como la canción del coche, un momento perfecto pero con caducidad. – se levantó sacudiéndose el pantalón y agarró el farol. – Pero gracias a tu teoría, lo he disfrutado.
Le sonreí mientras alzaba la luz por encima de nosotros. Me hizo gracia que él también hubiese pensado en la canción aquella tarde. Deseé que hubiesen muchos más momentos como aquel entre los dos, aunque supiéramos que todos tendrían un final.

Bajamos las rocas con cuidado. Primero descendía él, ponía el farol en un sitió estratégico que alumbrara el camino y después me ayudaba a sortear obstáculos. Cada vez que caía en sus brazos se me aceleraba el pulso. Estar cerca de él era un vaivén incontrolable de emociones.

Cuando llegamos abajo, Matt escondió el farol tras unas piedras y puso una roca justo delante, me guiñó un ojo y seguimos andando hasta el paseo. Agradecí estar por fin a la luz de una lista interminable de farolas.
  • ¿Te has dado cuenta? – me preguntó con un hilo de ilusión. – Mientras veníamos de la playa hasta aquí, ha sido la primera vez que hemos corrido juntos.
  • Es cierto. – le sonreí. – Pero aún nos debemos una de verdad.
  • Por supuesto. – puso cara de pillo. – ¿Qué te parece si vamos ensayando?
  • ¿Cómo?
  • Te echo una carrera hasta el coche. – señaló el puesto de helados, al final del paseo.
  • No sé, Matt, estoy cansada y… – salí a correr mientras él esperaba que terminara la frase.
  • ¡Eh! ¡Eso es trampa! – me gritó y salió a toda prisa tras de mí.
Aunque le había ganado unos segundos, llegó hasta mí sin esfuerzo, era muy veloz. Sin embargo, no me adelantó en ningún momento. Miré hacia atrás sonriendo y él me devolvió la mirada con el ceño fruncido, aparentando estar enfadado.

Al llegar al coche, adelanté la mano y lo toqué para asegurarle que había ganado, aunque sabía perfectamente que él me había dejado hacerlo. Justo después llegó él.
  • ¡Tramposa! – me acusó con el dedo mientras recuperaba aire.
  • ¿No pensabas dejarme ventaja? – apoyé los dos brazos en el coche y respiré hondo. – Eres un chico, y como tal, tienes ventaja genética.
  • Sí, ya, excusas, excusas. - sonrió. – Pero esto no queda así, te la devolveré. – me advirtió.
Fue un camino de vuelta relajado y divertido. Ambos habíamos intentado imitar a cualquier cantante que sonaba en la radio con resultados tristemente vergonzosos.
Me pidió que le contara alguna anécdota divertida como la que él me había regalado sobre el surf. Le conté cuando mi madre me había encontrado frente al espejo del baño, simulando recoger un Pulitzer y dándole las gracias a consciencia a mi ídolo y amiga, Lois Lane. Se rio tanto que tuve que pedirle un par de veces que se concentrara en la carretera. Le advertí que si se lo contaba a alguien le cortaba la lengua mientras dormía.

Habíamos llegado al Campus hacía cinco minutos. Mi vecino había aparcado el coche casi de donde lo había sacado y en ese momento nos encontrábamos frente a las puertas de la residencia.
  • Oye ¿Dónde has dejado a Rose hoy? – Había querido hacerle esa pregunta desde que lo vi pero no quería estropear el día.
  • Tenía que estudiar. – me respondió encogiéndose de hombros. – Eso le pasa por irse de compras toda una tarde.
  • ¿Ha encontrado sustituto para su vestido?
  • Sí. Unos diez o doce sustitutos. – se rió y creí notar un cierto sarcasmo en su voz. – No te preocupes por Rose, sus problemas son mucho menores de lo que parecen.
  • De acuerdo. – no tenía pensado preocuparme por ella, sólo albergaba la esperanza de que hubieran discutido pero...no tuve suerte.
  • Por cierto, Rach. – alzó un dedo y puso cara de haberse acordado de algo de repente. – En menos de dos semanas es Navidad. No sé si tienes pensado quedarte aquí o irte a casa.
  • Quería ir a casa, pero tengo tantos exámenes que creo que me quedaré. Además, Lil es evidente que no puede ir a casa y Amanda está aún más agobiada que yo con los libros. Lo normal será que me quede.
  • Yo estoy igual, así que también me quedo. – me acababa de alegrar las Navidades. – Pero quiero ir a casa el fin de semana que viene. Por lo menos para ver a la familia, ya sabes. – asentí. – Me preguntaba sí te gustaría acompañarme.
  • ¿En serio?
  • Sí. – sonrió. – Bueno, la verdad es que voy con Rose. – Mierda… – Pero podrías venir con tus amigas y así visitas a tus padres. – se me acercó y me habló como si me contara un secreto. – mi madre me ha dicho que ha oído discutir a tus padres sobre que no habías ido a verles aún. – Abrí los ojos de par en par. – Y he pensado que podíamos ir todos y así ahorrar gasolina.
  • Vaya. – me sentí mal. – Mis padres tienen razón.
  • Rachel. – se rió. – era broma, mi madre no me ha dicho nada de eso. Imagino que tus padres te entienden perfectamente – le miré negando con la cabeza.
  • Aún así, debería haber ido a verles. Se lo prometí.
  • Bueno, pues entonces acepta mi oferta.
  • La acepto. – le sonreí. – Sé que Amanda no puede venir pero seguro que a Liliam le hace ilusión conocer a mis padres y mi vida fuera de aquí.
  • Genial. Será divertido.
  • Seguro. – miré mi reloj. - ¡Dios, qué tarde es! – cómo volaba el tiempo cuando estaba con él. – Será mejor que suba.
  • Tienes razón. – me miró apretando los labios. – Pero antes de irte, necesito algo más de ti.
  • ¿El qué?
  • Esto.
Matt se acercó a mí con decisión. El corazón se me desbocó cuando lo vi tan seguro y tan cerca. Metió los brazos por mi cintura y me rodeó con ellos atrayéndome hacia él para abrazarme con ternura, apoyando su barbilla en mi hombro y suspirando sobre él.

De repente mi mente se desplazó hacia aquella barcaza turística en Canadá. Sentí como si volviera estar frente a las cataratas y un bofetón de agua helada me calara hasta los huesos por no haber consentido ponerme el chubasquero. Un escalofrío me recorrió de la cabeza a los pies y temí que se diera cuenta de que mi corazón bombeaba con fuerza junto a su pecho. Cerré los ojos al acomodar mi cabeza en el hueco de su clavícula y le devolví el abrazo como si fuera de cristal y pudiera partirse en mil pedazos.
  • Gracias. – me susurró al oído y sentí como se me erizaban los vellos de la nuca.
Noté que iba a retirarse y me dieron ganas de apretarlo para que no lo hiciera, pero abrí mis brazos y le dejé salir.
Al mirarlo de nuevo a la cara, hubiese jurado que tenía las mejillas encendidas. Me sonrió tímidamente y volví a ver esa fragilidad de la que David me había hablado. Ya sabía que la muerte de su padre le producía un gran dolor, pero aún parecía ocultar algo más.
  • Tenemos que repetir esto. – dijo mirándome a los ojos.
  • ¿Abrazarnos?
  • Me refería a lo de esta tarde en general. – ¡Ingenua! – Pero hacía tanto tiempo que no me daban un abrazo tan reconfortante que no me importaría repetir. – Ahora fui yo la que se sonrojó y no pude hacer nada por ocultarlo. – Bueno, nos vemos pronto ¿Vale?
  • Vale.