Bienvenido a este blog, dónde podrás descubrir un mundo lleno de personajes que sienten como tú. Comparte conmigo este sueño y ayúdame a alcanzarlo.

Espero que disfrutes leyendo tanto como yo lo hago escribiendo, porque en esta historia también estás tú, que aprendiste a madurar, a conocer, a enamorarte, a elegir, a equivocarte…

Todos vivimos nuestro propio Riverside.

jueves, 11 de abril de 2013

CAPÍTULO 16

Por fin llegó el gran día, como lo llamaba Matt. Ya desde muy temprano tenía un cosquilleo especial en la boca del estómago, me moría de ganas de ver a mis padres, de comer y dormir en casa, de pisar “mi” playa… Pero sobre todo, tenía ganas de enseñarle a Liliam lo que había sido mi vida hasta entonces. Me dio mucha rabia que Amanda no pudiera ir con nosotros, pero prometió que algún día haríamos una escapada a casa juntas.

Le había contado mis encuentros con David y Peter mientras hacíamos las maletas la noche anterior. Ella creyó que haberle confesado a Matt las intenciones de mi profesor me venía bien porque le había hecho ver que tenía competencia. Yo no estuve muy de acuerdo, pero al fin y al cabo, si ella tenía razón tampoco me iba a quejar.
Sin embargo, de David prefirió no hablar. Sólo opinaría cuando él demostrara, para bien o para mal, qué pretendía.

Las clases se me hicieron realmente largas, anhelaba tanto que llegara la hora de comer que no pude concentrarme en nada más que el reloj.
Me había cruzado con Liliam en un cambio de clase y aunque tuve la esperanza de que por un casual hubiese hablado con David, por su cara de dormida y sus pocas ganas de decir más que monosílabos, imaginé que, un día más, el chico se había rajado. Me preguntaba a mí misma cómo podía seguir teniendo esperanzas en él. La próxima vez que me lo cruzara, le haría saber que ya había pasado suficiente tiempo para que actuara y no iba a respaldarlo mucho más.

Por fin llegó la hora de comer. La madre de Amanda vino a recogerla muy temprano y apenas tuvimos tiempo de despedirnos justo después de la última clase. Así que, Liliam y yo, habíamos comido juntas y a toda prisa, porque mi amiga había olvidado varias cosas a la hora de hacer la maleta: el cargador del móvil, sus gafas de sol y uno de esos libros de psicología en los que tantas veces se perdía y que, extrañamente, eran los únicos que conseguían que pareciera una chica tranquila y sosegada.

Cuando al fin estuvimos listas tomamos camino a los aparcamientos con las maletas en mano. Justo al llegar al pasillo que cruzaba los jardines de la entrada vimos a Peter, que enseguida se ofreció para ayudarnos. Intenté negarme por todos los medios posibles, pero me fue inútil. Cogió las maletas de ambas y se encaminó hacia los vehículos.

-          ¿Dónde está tu coche, Rach?
-   No vamos en mi coche. – le dije sabiendo de antemano la incómoda explicación que proseguía. – Vamos en aquel.

Señalé el Dodge de Matt, que descansaba su cuerpo en él con los brazos cruzados. Llevaba pantalones negros y una camiseta roja que asomaba debajo de su sudadera de gorro gris. Siempre me había encantado su aire desenfadado. Estaba segura que él sabía que era guapo, era imposible no saberlo si alguna vez se había mirado en un espejo. Sin embargo, siempre vestía de forma casual, sin preocuparse mucho por su pelo alborotado y la perfección de toda su ropa. Cosa que, por ejemplo, sí hacía Peter. Siempre elegante y perfecto. Sin una arruga y sin un pelo más allá que el otro. Quizás fuera por su trabajo, pero mi profesor siempre iba hecho un pincel.
Precisamente, en Peter me estaba fijando cuando se volvió hacia mí con cara de pocos amigos.

-          No sabía que ibas con él. – su tono demostraba bastante malestar.
-          También va a visitar a su familia y vive en frente de mi casa, lo más lógico era que no gastásemos tanta gasolina. – me encogí de hombros. – Además, fue idea suya.
-          Y tú encantada ¿no? – me miró fijamente.
-          ¿Por qué no iba a estarlo? La verdad, no entiendo tu actitud. – estaba un poco indignada. – Si querías parecer más joven lo has conseguido, porque ahora mismo diría que tienes unos… ¿doce años?

Se me quedó mirando medio sorprendido, medio enfadado. Liliam pasó por su lado y le cogió las maletas de las manos.

-      Tranquilo, también va la señorita conejito de play boy. – le soltó retomando el camino hacia el coche.
-          ¿Quién? – preguntó él.
-          Su novia. – le contesté con sequedad y pasé de largo por su lado.

Supe que me observaba mientras llegaba hasta el coche de Matt porque mi vecino miraba más allá de mí cuando me acerqué. No quise girarme. Había veces que Peter era maravilloso y otras que no había quién lo entendiera. Aunque por otro lado, podía definir igualmente así a Matt, a Eric o incluso a David. Por lo tanto, decidí que el problema era de los tíos en general.

Matt dejó su cómoda postura para ayudarnos a meter las maletas en el coche justo después de saludarnos con su maravillosa sonrisa.

-          Listo. Ya está. – cerró el maletero de un golpe seco.
-          ¿Y tu novia? – preguntó Liliam con su habitual descaro.
-          Estoy aquí.

La voz sonó a nuestras espaldas. Pero justo antes de girarme me fijé en Lil. Sus ojos habían experimentado muchos cambios en apenas segundos. Al principio se habían entornado para recibir a Rose con la más tierna y falsa de sus miradas. Un instante después se habían abierto tanto como sólo ella podía lograr. Y por último, se habían entrecerrado y llenado de rabia. Todo eso en menos de cinco segundos.

Miré hacia Rose y descubrí el motivo de la actitud de mi amiga. Justo al lado de la chica de Matt, estaba David, con una sonrisa de oreja a oreja, vestido con pantalones anchos de bolsillos a los lados y camiseta negra. Pero lo más significativo de todo, era lo que llevaba en su mano. Una bolsa tan verde, tan militar y tan petate, que era imposible que estuviera ayudando con el equipaje a su prima.

Lo miré con incredulidad y su expresión también cambió. Se puso serio y negó con la cabeza. Seguí la dirección de su mirada y vi sorprendida como Liliam, sin mediar palabra, había abierto el maletero del coche y estaba sacando sus cosas.

-          ¿Dónde vas? – le pregunté.
-          Exactamente a ningún sitio. – me miró enfadada. – Prefiero quedarme sola en el Campus que ir con ese.
-          Lil, no me hagas esto. – le supliqué en un susurro.
-          La culpa es tuya. ¿Pensabas que no me iba a dar cuenta?
-          ¿Qué? Yo no sabía que venía.
-          Eso es cierto. – dijo David.
-          Tú te callas. – le rugió Liliam con un dedo amenazante y el equipaje en la otra mano.
-          ¿Qué problema tienes con mi primo, chica? – cerré los ojos al escuchar la impertinencia en la voz de Rose y temí la peor de las furias en Lil.
-     En realidad no te importa. – respondió mi amiga con una tranquilidad sorprendente. – Pero te lo contaré, a ver si así tu queridísimo primo se entera. Ninguno. No tengo ningún problema con él porque para mí no existe. – Nada más contestar a Rose, cogió el camino de vuelta.
-          Ups, eso ha dolido. – murmuró David.
-     ¿Pero qué te pasa? – le pregunté indignada. - ¿Intentas batir un récord sobre meteduras de pata o qué?
-          Pensé que era una buena idea.
-          Hazme un favor, deja de pensar. – me giré hacia el coche enfadada y cogí mi maleta con rabia.
-          ¿Te quedas tú también? – se sorprendió Matt y sentí como su pregunta se me clavaba en el pecho.
-     Amanda no está, no puedo dejarla sola. – la impotencia se agarró a mi garganta. – Intentaré convencerla para que vayamos el domingo y así ver a mis padres aunque sea unas horas. – Matt parecía apenado y a su vez, Rose sonreía cruelmente.
-          No. De eso nada. – miré a David sorprendida. – Dile que vuelva. Me quedo yo. Total, soy el único que sobra.
-          Por fin dices algo coherente. – Fue decirlo y arrepentirme.
-          Es lo menos. – agachó la mirada y se me hizo un nudo en el estómago. Era extraña la empatía que sentía por aquel chico.
-          Matt ¿Dónde vas?

Al oír la pregunta de Rose, me giré hacia él y lo vi correr en dirección a Liliam. La alcanzó casi saliendo de los aparcamientos, le dijo algo mientras le colocaba una mano en el hombro y luego la escuchó atentamente. Ella parecía estar quejándose, seguramente lo hacía, porque gesticulaba con insistencia. Cuando terminó, mi vecino le contestó con tranquilidad, sin apenas moverse, mirándola fijamente. Unió sus manos sobre el pecho, como si le estuviera pidiendo algo por favor. Ella volvió a gesticular y él asintió una sola vez, pero con mucha seguridad. Entonces mi amiga se encogió de hombros y Matt sonrió ampliamente. Después, sorprendentemente, le quitó el macuto de las manos y volvieron juntos hasta el coche.
Matt llegó antes a paso ligero, me quitó mi equipaje con una sonrisa y metió los dos en el maletero. Luego se volvió para coger los de Rose y David e hizo la misma operación.

-          Venga, meteos en el coche que vamos con retraso. – dijo con alegría.

Me fijé en mi amiga, que venía con los labios apretados a un lado. No supe leer el significado de su expresión.
Rose pasó entre nosotras para ocupar el asiento delantero y Lil le echó una de sus miradas de asco. Entonces miró a David y le advirtió.

-     Escucha bien, chaval. No me hables, no me roces, ni siquiera me mires ¿Entendido?

David asintió con desgana y suspiró antes de entrar en el coche por la parte izquierda. Liliam se acercó al vehículo justo por el lado contrario y abrió la puerta a la misma vez que Matt cerraba el maletero. Le agarré por la muñeca antes de que se fuera y se me quedó mirando.

-        ¿Cómo la has convencido? – le pregunté a mi vecino realmente asombrada.
-          Solo le dije que no podía perderse los tiburones del acuario. Y funcionó. – me guiñó un ojo y le dio la vuelta al coche para montarse en el asiento de conductor.
-          ¿Te vas a quedar ahí todo el día?

Liliam estaba apoyada en la puerta esperando que yo pasara para quedar en medio de los dos. No podía ni imaginar la hora de camino que me esperaba.

En cuanto Matt sacó el coche del Campus y cogió la carretera general hacia Long Beach, empezó el patio de recreo. Rose había puesto un disco, que sorprendentemente le encantaba a Liliam y David había abierto un poco su ventana para que le diera el aire en la cara.

-          Rach, ¿puedes decirle a tu amigo que suba la ventana? No oigo la radio. – me quedé mirándola con incredulidad.
-          Pues dile a tu amiga que no lo voy a hacer. – contestó él. – Me mareo con facilidad y necesito tenerla abierta.
-    Dile que si se marea coja una bolsa de plástico y nos deje a los demás escuchar música tranquilos. – replicó Lil.
-          ¿Cómo puedes ser tan egoísta? – espetó él.
-          ¿Egoísta yo? Es tu ruidito el que molesta.
-        ¡Basta! – les grité. Matt parecía tan desquiciado como yo y paró el coche en el arcén. - ¿Cuántos años tenéis? – les pregunté. – ¿Queréis dejar de hacer el idiota los dos?
-          Rachel, de verdad que me mareo. – me explicó David.
-          Y de verdad, que yo no escucho la radio.
-          Vamos a ver. – comenzó Matt quitándose el cinturón y girándose. – Tengo que conducir y me estáis poniendo de los nervios, así que vamos a solucionar esto. – se metió la mano en el bolsillo y también rebuscó algo en la guantera. – Toma. – le acercó un móvil y unos cascos a Liliam. – En mi móvil están todas estas canciones y muchas más. Ponte estos cascos y nada de lo que haga o diga David te volverá a molestar. Al menos durante el viaje. – resopló agobiado.
-          Gracias. – dijeron David y Liliam a la vez.

Ni eso les hizo gracia, los dos refunfuñaron y se giraron hacia sus respectivas ventanas. Rose negó con la cabeza mirando al techo y Matt me miró por el retrovisor con media sonrisa y yo se la devolví. Aquello había sido tan estresante como surrealista, pero al menos conseguimos seguir con el trayecto tranquilamente.

Cerré los ojos y me recosté sobre el sillón intentando relajarme. Era imposible. La música de la radio, el aire de la ventana y los cascos a todo volumen de Liliam se mezclaban odiosamente en mis oídos. Resoplé y abrí los ojos justo en el momento en que Rose descansaba su cabeza en el hombro de Matt. Volví a cerrar los ojos con fuerza como si pudiera borrar la última imagen que había visto. Entonces noté que agarraban mi mano izquierda con suavidad. La miré sorprendida y vi como David la sujetaba entre sus manos. Me volví instintivamente hacia Liliam que se había dejado caer en la ventana y parecía estar dormida. Intenté retirar mi mano pero él la sujetó con fuerza.

-          Tranquila. Te ayudaré a relajarte. – me dijo comenzando a masajear la palma con sus dedos.
-          David…
-          Calla y cierra los ojos. – me sonrió. – Y llámame Dave.
-          Dave. – le complací. – Tengo que recordarte que estoy enfadada contigo.
-          Y tienes todo el derecho del mundo. Al igual que yo tengo derecho a hacerte la pelota hasta que me perdones. Así que recuéstate y relájate.

Le miré de reojo pero le hice caso y me eché hacia atrás. Los estresantes sonidos seguían allí, pero me concentré en los masajes que David estaba aplicando sobre mi mano. Era cierto que tenía unas manos grandes y fuertes. La presión que hacía sobre cada uno de mis dedos me ayudaba a desconectar. Poco a poco dejé de oír aquellos molestos ruidos y me quedé dormida.

-          ¡Chicos, acabamos de llegar!

La alegría del grito de Matt se metió en mis sentidos y consiguió despertarme. Al abrir los ojos me di cuenta de que había resbalado hasta el hombro de David que a su vez se había quedado dormido contra la ventana y aún sujetaba mi mano.
Me incorporé y al girarme a mirar por la ventana me encontré con la dura mirada de mi amiga, que alternaba sus ojos entre los míos y mi mano izquierda. La retiré rápidamente.

-          No es lo que crees. – le susurré.
-       Sé lo que es. - me aseguró con los labios apretados en una línea. – Os he oído antes. No estaba dormida.
-          ¿Entonces por qué me miras así?
-     Porque no entiendo cómo puedes estar bien con él después de lo que me hizo.
-          Tampoco te hizo algo tan grave.

Lil abrió los ojos de par en par y miró hacia la ventana claramente herida. Puse los ojos en blanco. Últimamente estaba soltando un montón de cosas sin pensar.
Quise explicárselo pero David despertó y no pude decir nada más.

Miré a Matt por el retrovisor del coche y su mirada estaba encendida de ilusión. Entró en la ciudad por el camino más largo, intentando mostrar, a groso modo, los sitios más significativos de Long Beach. El puerto, el Queen Mary, el acuario…

-          ¡Dios! ¡Qué pasada! – dijo David emocionado. – Ese es el circuito callejero de Long Beach. – Se echó hacia delante y agarró por los hombros a Matt. – ¡tío, tienes que llevarme!
-          Te prometo que iremos al próximo gran premio.
-          ¡Sí!

Me quedé mirándolos. Sabía que apenas habían hablado pero David ya había conseguido que al menos parecieran amigos. Matt me había confesado que no creía en la amistad, y quizás sólo tratara a David como tal por ser el primo de Rose, sin embargo, el otro chico lo trataba como si fueran colegas de toda la vida. Conmigo había hecho lo mismo, quizás era su táctica para ganarse la confianza de la otra persona.

Intenté explicarle a Liliam que en Long Beach teníamos una atracción llamada Góndola Getaway que imitaba a los románticos paseos de su ciudad natal. Me miró con cara de suficiencia.

-          Nuestros canales son imposibles de imitar. Al igual que las pizzas. Fuera de Italia podrás comer miles, pero jamás tan buenas como en la Toscana, por ejemplo.

Se volvió de nuevo hacia la ventana. Sabía que le hacía ilusión que allí, tan lejos de su casa y con tantas diferencias, hubiera algo familiar para ella. Pero estaba disgustada conmigo y no iba a tomarse bien nada de lo que le dijera.

Matt y yo, les prometimos enseñarle Long beach más a fondo al día siguiente, ya que en aquel momento lo único que queríamos ambos era llegar a casa cuanto antes y ver a nuestras familias.
Al girar en la esquina de nuestra calle, nos cruzamos con nuestro vecino Henry y el rugido de su moto volviendo al barrio después del trabajo. Sonreí al recordarme escondida detrás de las cortinas mientras observaba a Matt. No podía creerme que volviera a casa en su mismo coche.

Matt hizo sonar el claxon un par de veces cuando aparcamos frente a la puerta de su garaje y casi antes de que saliéramos del coche, su madre ya había cruzado el umbral de la puerta visiblemente emocionada. Salió corriendo hacia su hijo y se abrazó a él como si llegara de la guerra. Sabía, por mi madre, que estaban muy unidos, sobre todo a raíz de la muerte de su padre.

Me sorprendió que me besara repetidamente para darme la bienvenida. Aunque se pasaba mucho tiempo en mi casa y mi madre en la suya, nunca habría imaginado que me tuviera tanta estima. Sin embargo, aún más sorprendente, fue que saludara a Rose de la misma forma que a Liliam y a David, o sea, como una completa desconocida.

Me fijé en Ashley, la hermana de Matt. Estaba apoyada en el quicio de la puerta y el único saludo que dedicó a su hermano fue un pequeño levantar de cejas cuando sus miradas se cruzaron. Justo después, se metió de nuevo en la casa. Recordé nuestra conversación cuando creí que mi vecino me había dejado plantada, le llamó imbécil. También me había fijado en que Matt apenas hablaba de ella. ¿Qué les ocurría?

A mis padres no les dio tiempo a llamarme porque en cuanto oí la puerta de casa abrirse, corrí hasta ellos y los abracé. Mi madre se había cortado el pelo y se lo había teñido. No estaba acostumbrada a cambios de looks en mamá pero debía reconocer que estaba realmente guapa.
Papá había engordado un poco, cosa que achacó en broma a la ansiedad de no verme, aunque estaba claro que se debía a sus comilonas en el jardín.

Les presenté a Liliam y mi madre la abrazó con ternura. Desde que le conté toda la historia de mi amiga, siempre me preguntaba por ella y se preocupaba de que estuviera bien. Al principio no lo entendía, pero supuse que se ponía en el lugar de su madre y a mí en el de Lil. Imaginé a mi madre sin mí y a mí sin mi madre y me estremecí al pensar en lo que podían estar sintiendo ellas dos.
Mamá se apenó por no poder conocer a Amanda. Les tenía mucho cariño a las dos. Me había dicho por teléfono que cualquiera que cuidara de mí, merecía su admiración y respeto.

Hubo un pequeño problema a la hora de escoger dónde dormir. En casa de Matt sólo había un colchón de más y en la mía dos, así que o David o Rose tenían que dormir conmigo y con Lil, a lo que mi amiga se negaba en rotundo. La aparté de los chicos para hablar con ella.

-     No pienso dormir bajo el mismo techo que alguno de los primos. – rugió entre dientes. – Ni uno, ni la otra.
-          Pues tienes que elegir a uno. – le dije.
-          También puedo dormir con Matt. – me miró de reojo con media sonrisa.
-          Si así se acabase esta estupidez…
-          Es broma, quiero dormir contigo.
-          Pues entonces decídete.
-          ¿Por qué tengo que elegir yo?
-      Porque eres la única irracional de todos. Y la verdad, espero que elijas a Rose. No me apetece imaginarlos juntos ahí enfrente.
-       Está bien, tú ganas. – no me dio tiempo a sonreír. – Pero sólo porque no quiero a tu amiguito cerca de mí. – dijo la palabra “amiguito” sólo para recordarme que seguía molesta conmigo.
-          Liliam. – la agarré del brazo antes de que volviera con los demás. – Sé que para ti es difícil entenderlo, pero tienes que comprender que mi relación con David no tiene nada que ver contigo.
-        Soy tu amiga y él me ha hecho daño. ¿Te parece que no tiene nada que ver?
-          Estoy enfadada con él por lo que te hizo. Él es el primero que lo sabe. Pero me ha pedido disculpas y yo he decidido aceptarlas.
-          Será eso. – dijo con rostro apesadumbrado.
-          ¿El qué?
-          Que conmigo aún no ha tenido el detalle de pedir perdón.
-          Lo hará, estoy segura.
-          Demasiado tarde.

Lil echó a andar hacia el coche y comunicó su decisión a los demás. David me miró con los ojos entrecerrados, pidiéndome explicaciones. Me encogí de hombros sonriéndole, ya le había ayudado demasiado, ahora le tocaba a él. Y la realidad era que prefería tener a Rose durmiendo a los pies de mi cama que imaginarla en la cama de Matt. Aunque llevaran saliendo un año y eso ya no debiera resultarme extraño, dolía demasiado pensarlo.

Una vez instaladas en mi habitación, corrí hasta mi cama y me tumbé boca arriba extendiendo los brazos y las piernas. Liliam me miró sin querer sonreír, pero terminó haciéndolo.

-          Te envidio. Ojalá pudiera hacer eso en mi cama.
-          Ven aquí y dame un abrazo, idiota. – le dije inclinándome hasta quedar sentada. – Deja los enfados para cuando volvamos.

Se lo pensó un instante para hacerse la interesante y luego saltó a la cama y me volvió a tumbar dándome un abrazo.

-          Te perdono. – recalcó para quedar por encima. – Pero la única idiota de las dos eres tú.
-          Patético. – Rose nos miraba desde la ventana con cara de asco. - ¿Os vais a enrollar? Lo pregunto para empezar a vomitar.
-    Pues eso que no está aquí Amanda. – Pensó en voz alta Lil y se rio al pensarlo.
-          Tú no tienes muchas amigas ¿verdad? – le pregunté indignada.
-          Las amigas no existen. Las chicas somos envidiosas, deshonestas y traidoras entre nosotras por naturaleza.
-          Que va. – respondió Lil. – No todo el mundo es como tú. – no pude evitar sonreír a escondidas.
-    Por supuesto que no. Yo soy más inteligente. – miró a Liliam con una maliciosa sonrisa. – Si mi amiga se queda dormida en los brazos del chico que me gusta mientras le agarra de la mano, jamás le daría un abrazo. – la miré con dureza y pensé en que fuera la burrada que fuera la que iba a soltar Liliam, se la merecía.
-          Lógico. – respondió mi amiga con sorprendente calma. – No tienes amigas ni sabes lo que son. Por eso no te fías ni de tu sombra. – Lil se levantó de la cama de un salto. – Yo tenía una amiga como tú ¿sabes? Era guapa y lista, aunque eso no significa que fuera inteligente. – dio dos pasos hacia la rubia. – Y además era muy, pero que muy zorra. O sea, un calco.
-          ¿Qué has dicho? – Rose y Liliam se acercaron peligrosamente.
-          ¡Eh! Tranquilas. – corrí hasta ellas y me puse en medio. – Es evidente que no nos caemos bien. Pero sólo tenemos que compartir habitación un par de días, así que, comportémonos como personas racionales y llevémonos lo mejor posible.
-          Eso díselo a tu amiguita. – gruñó Rose.
-          Lo digo por todas ¿entendido? Se acabó la discusión.

Ambas se apartaron de mala gana, no sin antes regalarse la última mirada felina y provocadora la una a la otra. Iba a ser un fin de semana complicado.

Antes de cenar quise darme una ducha y relajarme. Por suerte, Amanda y yo teníamos ducha en la habitación del Campus, pero aun así, no había nada mejor que hacerlo en casa. También estaba la opción de llenar la bañera y meterme en el agua hasta arrugarme, pero ni tenía tiempo, ni tenía ganas de escuchar a mi madre y su discursito sobre el ahorro de agua.

No quise pensar en nada mientras el agua me caía por la cabeza. Me esforcé en dejar mi mente en blanco durante unos minutos y lo conseguí. Al salir y rodearme con la toalla, me senté en el borde de la bañera y respiré profundamente. Sentí como me invadía una paz interior. Adoraba estar en casa de nuevo.

Empezaba vestirme cuando mi madre llamó un par de veces a la puerta del baño. La dejé pasar y me miró con ternura.

-   Te has convertido en una mujer preciosa. – me miraba por el espejo mientras me desenredaba el pelo.
-          Hace sólo dos meses que me fui, mamá. Y hace un par de años que tengo el mismo cuerpo.
-          Lo sé, pero nunca te lo había dicho.
-          Pues tengo que estar divina en ropa interior y con estos pelos. – ironicé.
-          Cualquier amigo tuyo me daría la razón.
-          ¡Mamá! ¿por qué haces que me imagine a mis amigos observándome medio en pelotas?
-      Seguro que hay por ahí alguno al que no le pondrías pegas. – sonrió con picardía.
-          En serio, me incomoda hablar contigo de esas cosas.
-      ¡Oh, vamos! Ahora que ya has encontrado buenas amigas, abandonas las charlas con tu madre ¿No es así? – fingió sentirse herida.
-        No, no es así y lo sabes. Te he contado todo lo que ellas saben. Sigues siendo mi amiga y no podrás quejarte de que no te llamo para cotillear.
-          Eso es cierto. – sonrió. – Pero quiero que me lo digas ahora, mirándome a los ojos. ¿Qué tal con Matt?
-          Bien. – carraspeó para que me explayara un poco más. – Mamá. – solté el peine y la miré a los ojos. – Va genial. Creo que nos hemos convertido en buenos amigos. Me trata de una manera especial y aunque es un poco diferente a como había imaginado, cada vez me gusta más. De hecho, creo que por fin puedo darte la razón, creo que estoy enamorada.
-    Eso ya lo sabía. – dijo con seguridad. – Aunque ya era hora de que lo admitieras.
-     Desearía decírselo. – suspiré. – Ojalá encontrara el valor y el momento para explicarle lo que siento por él. Me muero por saber que diría.
-          ¿Y por qué no lo haces?
-     Amanda cree que primero tengo que ganármelo y yo pienso que es buena idea. Además está con Rose. Y la verdad, no sé muy bien qué clase de relación tienen. Es extraña, pero si llevan más de un año será por algo.
-          He estado investigando sobre eso.
-          ¡Mamá!
-          ¿Es que vas a quejarte?
-          No pero…
-       En el amor y en la guerra todo vale. – me sonrió. - ¿Quieres saber lo que he averiguado?
-          Pues… ya que lo has hecho…
-      Lo sabía. – se rio. – La verdad es que no mucho. – la escuché mientras terminaba de vestirme. – Hace poco que su madre sabe de ella. Es más, creo que no la había visto hasta hoy. – eso le daba sentido a su saludo. – Matt no habla mucho de su vida sentimental, pero por lo que he podido saber, hacía tiempo que no se echaba novia. Es más, a su madre le sorprendió bastante que lo hiciera. Y mucho más ese tipo de chica. Dice que está a la expectativa y que le gustaría hablar más del tema con él pero es muy hermético.
-          No te imaginas cuánto. Y eso que por lo visto soy su mayor confidente.
-          De eso también hablé con su madre.
-          ¿En serio?
-       Sí. Me ha contado que Matt habla mucho de ti últimamente, y que eso le gusta. Ya era hora que mi niño encontrara a alguien que quiera estar a su lado de verdad, sin prejuzgarlo. Esas fueron sus palabras textuales.
-          Presiento que algo malo le ocurrió además de lo de su padre. – le expliqué. – Pero no consigo traspasar ese muro que ha interpuesto entre la gente y su pasado. – dije con rabia.
-          Lo harás, estoy segura. – pasó su mano por mi pelo húmedo y me besó en la frente. – Siempre has tenido facilidad para colarte en el corazón de las personas, con él no será diferente.

Matt y yo decidimos que el Speedy Chicken era un buen lugar para llevar a los demás a comer. Y aunque Rose se negó en rotundo, Matt consiguió convencerla con una par de palabras y de besos que preferí obviar. Se me hacía un nudo en el estómago, no podía soportarlo.

Después de que mi vecino saludara a todos sus ex compañeros, nos arreglaron una mesa casi a la entrada y la llenaron de ricos alimentos para todos. Miré hacia la mesa en la que comimos Matt y yo hacía ya unos meses. Estaba ocupada por otra pareja que no paraba de hacerse carantoñas y darse de comer el uno al otro. Estaban siendo muy cursis, pero si aquel día hubiese sido así para nosotros, me hubiese sentido la cursi más feliz del mundo.

Liliam se había colocado entre Matt y yo para no quedar sentada al lado ni de David y ni de su prima. David estaba a mi otro lado, por lo tanto volvía a estar en medio de los dos. Sin embargo, esta vez consiguieron comportarse como personas normales y, sin dirigirse la palabra en toda la cena, optaron por darnos una velada tranquila a los demás.

Rose, sin quitar su cara de asco en toda la noche, estuvo de lo más cariñosa con mi vecino. Él le correspondía a medias. A veces sí, a veces no. Desde luego, o él era mucho más raro de lo que creía, o su relación era aún más rara.

Después de la cena, volvimos a casa por el paseo que estaba precioso a la luz de las farolas. Observé dolorosamente las manos unidas de Rose y Matt y le tuve una envidia espantosa aquella insoportable chica. David pareció notarlo, se acercó a mí obviando que Liliam estaba a mi lado y me pasó un brazo por los hombros.

-          Rach, no lo pienses. – me aconsejó. – Es mejor no hacerlo, créeme. Hazme caso, cada vez que los veas así, piensa en otra cosa, en otra persona.
-        ¿Y en quién quieres que piense? – extrañamente Peter pasó por mi cabeza y abrí los ojos sorprendida.
-          ¡Bien! Sea quien sea, lo has conseguido. – sonrió y se apartó de nosotras.
-   ¿En quién has pensado? – me preguntó Lil cuando David estaba lo suficientemente lejos de ambas.
-      En Peter. – aún me parecía increíble. – Tengo que admitirlo, él también me gusta más de lo que pensaba.
-          Pues a ese lo tienes fácil. – dejó caer mi amiga.
-          Pero yo le quiero a él. – señalé a Matt. – Y necesito intentarlo.
-          Y si no sale, tienes a Peter. È perfetto. – dijo como si acabase de descubrir algo transcendental para la humanidad. – Y yo que creía que eras inocente en estos temas.
-      Matt no es la razón por la que no le hago caso a Peter. – le confesé. – Si descubriera que Matt no siente nada por mí, tampoco estaría con Peter. No es mi segundo plato, simplemente hay cosas que no puedo evitar pensar cuando lo tengo delante. Su edad, que sea mi profesor, que vaya tan rápido y sea tan directo… me asusta.
-          Al menos te vas aclarando.
-          ¿Y tú? – le pregunté mirando a David de reojo. - ¿No te aclaras con él?
-          No tengo nada que aclarar.
-          Eso es porque no le das la oportunidad de que te lo explique.
-          Lo habría hecho, pero no vino a disculparse. – parecía realmente apenada.
-    Creyó que si dejaba pasar el tiempo se te quitaría el gran cabreo y le escucharías mejor.
-          ¿Eso te ha dicho? – asentí. - ¡Qué iluso!
-          Eso le contesté yo.
-     Rach, no tengo ni idea de lo que le pasó. Y si soy sincera, me tiene intrigada. Entre otras cosas porque me gustaría saber si fue algo realmente importante o simplemente se rió de mí.
-          Lo que quieres saber de verdad, es si está realmente interesado en ti. Pero te da miedo saberlo, tanto si es que sí, como si es que no. ¿Me equivoco?
-          No.
-       En serio, dale una oportunidad. – me miró a los ojos. – No sé por qué, pero me fio de él. Fíate tú de mí. Nunca te echaría a los leones adrede aunque Rose piense lo contrario.
-          Esa tía es… – resopló. – Mejor me callo. – me miró medio indignada. – Te aseguro que me fio de ti más que de mí misma. – le sonreí con agradecimiento. – Pero ese es el problema, que no me fío de mí y no sé cómo voy a reaccionar.
-      Déjate llevar, sé tú misma, Lil. Sólo tienes que perder el miedo a volver a entregarte.
-          Rachel, la profunda. –puso voz de locutor de radio. – Así voy a llamarte a partir de hoy. – empezó a reírse a carcajadas.
-         Pues Rachel, la profunda, pasa de ti y de tus burlas y se va con tu amigo. A ver qué puede sacarle a él.

Avancé a paso ligero hasta David, le agarré por la cintura y él me sujetó por lo hombros, sorprendido, pero con una sonrisa. Miré a Liliam y le saqué la lengua. Sin embargo, ella sonrió y recordé lo que acaba de decir, me fío más de ti que de mí misma. Le guiñé un ojo desde lejos.

-       ¿De qué va esto? – me preguntó David. - ¿Intentas ponerla celosa para mí?
-      Ella no se pondría celosa de mí, Dave. – le miré para ver su reacción y él sonrió complacido. – Sólo quería saber cómo estabas tú y qué diablos haces aquí.
-          Estoy jodido. – se encogió de hombros. – Y estoy aquí por una idea que no ha funcionado. Pensé que se lo tomaría mejor.
-          No te desanimes, aún queda mucho fin de semana.
-          ¿Tú crees? – me miró con los ojos entrecerrados.
-      Con Liliam todo lo que pueda decirte puede volverse en tu contra, pero… Yo lo intentaría una vez más. Y así, de camino, me demuestras que no te has estado quedando con nosotras todo este tiempo.
-          Sigues molesta conmigo ¿eh?
-     ¿Crees que me vendo por un simple masaje de manos? – negó con la cabeza. – Hazme sentir orgullosa, campeón. – le dije en tono jocoso mientras palmeaba su espalda
-          Lo haré.

Lo dijo tan serio, tan seguro y con una mirada tan intensa, que le creí al instante.


1 comentario:

  1. Aunque lo hagas como novela, puedes mejorar el diseño con las medidas de los margenes y eso, para que de mejor apariencia.Un saludo Sofia.

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